miércoles, 15 de enero de 2014

CADENA

Me la habían mandado a guardar. El mismo garca que antes trabajaba en Supermercados Carlan, ahora laburaba en una nueva cadena del interior de la provincia de Córdoba. Me compró cinco máquinas de catorce lucas cada una. Las pagó con seis cheques, el primero entró bien, pero hubo que devolverle la mitad de la guita: su comisión. El segundo vino de culo. Lo estaba yendo a buscar.
Dejé a los chicos en el colegio a las ocho de la mañana y salí de raje a Don Torcuato, donde estaban las oficinas y planta acopiadora. Garuaba. Avanzaba por la avenida Galván hacia la General Paz, a treinta metros el semáforo cambió, sin pasar por amarillo, a rojo. Toqué apenas el freno. La poronga patinó directo hacia el único auto detenido. Saqué el pie del pedal, maniobré con  desesperación. El Renault 9 se ladeó para un lado y después para el otro. Con el guardabarro delantero izquierdo rompí todo el lateral derecho del otro auto, un taxi.
—¡No lo puedo creer! –me agarré la cabeza. Del taxi salieron disparados un hombre y una mujer. Ella empezó a golpear el vidrio de la ventanilla con el puño y gritaba.
— ¡¡¡BAJÁ, HIJO DE PUTA, BAJÁ!!! —en ese instante sentí una furia demencial y en ese estado la miré. Toda su jeta ocupaba mi espectro visual, noté el cambio de expresión. Retrocedió un par de pasos. Abrí la puerta y salté del auto. El hombre la tomó por los hombros, la tranquilizó. La reacción de él también fue como un bálsamo para mí.
—Hablemos con calma –dije–. Perdí el control del auto. Discúlpeme. – ella se largó a llorar.
—Recién lo sacábamos del taller –gimoteó.
—¿Del chapista?
—Nos había chocado un colectivo –aclaró el varón.
—Tengo seguro. La culpa es mía, la compañía les va a pagar el arreglo.
—¡Qué seguro ni que seguro! ¡Pagan cuando se les da la gana y siempre menos de lo que sale el arreglo! –chilló ella. Yo saqué mi porta documentos del bolsillo trasero del pantalón, lo abrí con parsimonia, separé la licencia de conductor y la tarjeta del seguro.
—Intercambiar nuestros datos y denunciar el accidente es todo lo que podemos hacer  –dije y miré la tarjeta del seguro. Estaba vencido, no tenía cobertura. No sé si ellos percibieron mi reacción, todos los pelos del cuerpo se me erizaron y desde las profundidades del estómago se elevó una ola de angustia –. Espere un momento que llamo a mi asesor de seguros a ver qué se puede hacer – les dije como buscando una solución. Había dejado el celular en el auto. Fui a buscarlo. No estaba. Putié. Me puse a buscarlo frenético. Se había caído debajo de una butaca. Llamé a mi asesor de seguros, la pareja me miraba. Me alejé unos pasos.
—Diego, habla Eugenio –me contestó medio dormido– Acabo de pegarme un tremendo virulo contra un taxi y me vengo a desayunar con que tengo el seguro vencido hace dos días ¿Qué hago? El que tiene la culpa soy yo.
—Arreglá para que hagan la denuncia pasado mañana. Ahora renuevo la póliza en la misma compañía. Después que hagan el reclamo y que le  cobren al seguro.
—Acaban de sacar el coche del taller de chapa y pintura ¡No sabés el drama que es esto! ¡Tenemos que arreglar el auto ya!
—¡¿Estás loco!?
—No, Diego. Esta gente no va a transar con lo de falsear la denuncia. La mina llora como si le hubieran raptado un hijo.
—¿Dónde estás?
—En Galván y Huidobro.
—Listo. Lleválos al taller de un amigo en Melián y Tamborini. Se llama Julián. Yo le aviso ahora por teléfono que vas vos con un tacho. Igual los dos van a tener que hacer la denuncia dentro de cuarenta y ocho horas. No te olvides de hacerles firmar un poder en el que les ceden los derechos de reclamar el siniestro a Julián. Yo después arreglo todo —corté y me acerqué a la pareja.
—Ya está todo encaminado. Vamos a un taller de chapa y pintura que trabaja con mi productor de seguros y ya se ponen a trabajar en el coche. Ustedes le firman un poder al dueño del taller y él se arregla con la compañía.
—¡Yo quiero que arreglen el auto en mi taller! —chilló de nuevo la mina.
—Cuchame… te voy a hacer muy franco, si no lo hacemos como te estoy proponiendo vas a tener que ir a juicio contra mí y no vas cobrar nunca más…
—¿Y el seguro? —preguntó el hombre.
—Se venció hace dos días. Estoy sin seguro —si estaban angustiados, pasaron a estar aterrorizados—. Yo no quiero arruinarles la vida. Esta es la mejor opción que tengo ¿Me siguen al taller?
—¡Las pelotas te seguimos! —rugió ella— Vos me pagás ahora o te rompo todo el auto a patadas.
Le creí. Tenía que resolver esto ahora.
—¿Cuánto sale el arreglo? —pregunté mirando las daños del taxi. Ella codeó a su compañero.
—Yyyyyyy…. No menos de diez lucas —calculó el tipo. Metí la mano en el bolsillo interior del saco.
—Este cheque es por once lucas seis cientos. Está al día. Se lo llevan y asunto terminado.
Se miraron.
—Es bueno, de una cadena de supermercados.

La mina me lo arrancó de las manos. Lo inspeccionó con avidez. Se lo metió en el bolsillo, se subieron al tacho y rajaron. Me apoyé en el guardabarro abollado. Saqué los otros tres cheques ¿A quién embocárselos? Total, del laburo, ya estaba podrido.

domingo, 20 de octubre de 2013

Carlos Retamozo: Flashes del pensamiento secuencial

Dos obras de Carlos ilustran las tapas de los dos nuevos libros de Editorial Wu Wei: Gerardo y Mercedes de Ricardo Strafacce y Macadam de Roni Bandini.
Conocí la obra de Retamozo por sugerencia de Mirlo Rockett. Mirlo la califica de radioactiva. Lo es… y más. Ni bien la vi supe que alguna iba a ser tapa de libro de Wu Wei.
Nos juntamos con Carlos en su casa taller. Las obras descomunales impactan más en vivo que en su versión electrónica. Cada una es una escena, cada una narra una historia, no sólo por la disposición de los personajes y de los objetos en el cuadro sino también por la forma en que utiliza el color: estalla.
Asomarse a la mente de Carlos es cómo asomarse al cráter de un volcán en actividad: lava incandescente que estalla aquí y allá. Cada estallido es un plano de una secuencia.
Ya no le hace falta pintar como en los fines de los ochenta y comienzos de los noventa donde en un cuadro una escena barrial es un paneo detallista en el que se conjuga la luz del mediodía, media tarde y atardecer a medida que el paneo se despliega de abajo hacia arriba. Hoy sintetiza. El dice que ya no está para pintar cómo antes, que no tiene la paciencia, para mí alcanzó un nuevo estado perceptual, sintetizó las líneas e hizo estallar la luz y el color.

La obra de Carlos Retamozo traza la peripecia de un urbícola que deambula por las calles como si fueran pasillos de un laberinto en el que a cada vuelta de esquina se enfrenta a estímulos y desafíos cada vez más feroces, implacables y despiadados. 


 

lunes, 12 de abril de 2010

Un sueño descabellado

El niño del yarmulke y delgadas piernas se trepa a uno de los lebreles de bronce y Potaz llora. Extraña al pequeño Benjamín. Quince años sin saber nada de él. Aún lo recuerda corriendo por las veredas de Sánchez de Bustamante y Tucumán. El mundo era otro. Estaba construyendo un futuro, su esposa no necesitaba trabajar. Cuando ella evidenció su cansancio por estar todo el día tras el chico, decidieron enviarlo al kindergarten de la institución regida por una comunidad judía ortodoxa. El niño no se adaptó. Operadoras de la entidad intervinieron con celeridad. Se inmiscuyeron en la privacidad de la familia. Fraguaron denuncias atroces en contra del padre del niño. Se fracturó el hogar.


Potaz se sienta en uno de los bancos de la plaza. Una mujer con peluca y vestido oscuro holgado cuida del niño. Un hombre de largas barbas, vestido con un sobretodo negro y sombreo negro, un grueso tomo en las manos, los observa. Potaz escupe. Su hijo, su prestigio, sus propiedades, todo lo que había logrado le fue arrebatado hace quince años por gente como esta. Mira hacia la avenida. El fuego del crepúsculo abrasa las filas interminables de autos. Y, silueteado contra el fulgor dorado, lo ve.

Convertido en un Sansón, avanza hacia la mezquita de Qubbat As-Sajra, la Cúpula de la Roca. En sus manos, una quijada de burro refulge. Potaz tiembla ¡Benjamín! ¡Benjamín! ¡¿Qué te han hecho?! Otros jóvenes lo secundan. Arrean una vaca roja. Benjamín blande la quijada. De un solo golpe guillotina el pescuezo del animal. La sangre brota como una cascada. La corriente empuja a Benjamín y a los otros contra las paredes del santuario. El hercúleo guerrero enarbola de nuevo la quijada. Arremete contra las columnas de piedras de diferentes colores, destrozándolas. El templo se derrumba sobre ellos, aplastándolos. La cúpula dorada rueda. En cada rotación multiplica su tamaño, por diez, por cien, por mil. Pronto arrasa toda la ciudad de Jerusalem. Todo Oriente Medio. Desvasta la vieja Europa y no se detiene ante la costa este del norte del continente americano.

El alarido opaca el estrépito del tránsito. El de sombrero negro lo mira con desdén. Potaz se pone de pie, desconsolado. Con los puños cerrados acomete contra el hombre del sobretodo negro. El más corpulento de los caminantes, el parecido a Benjamín, corre tras él. Lo detiene con manos férreas, profesionales.

– ¡Devuélvanme a mi hijo! –se retuerce Potaz. El de barba objeta su impertinencia.

– ¡Apártese! ¡Somos gente piadosa!

domingo, 14 de marzo de 2010

Todo un líder

Aquiles Malfatti pasea su figura de más de un metro ochenta frente al espejo de cuerpo entero de su espaciosa oficina. Embelesado con sus ojos grises, con su cabellera tupida, lacia y entrecana, con su sonrisa torcida, farfulla: esta va a ser la más magistral de mis jugadas.


Aquiles ostenta el cargo de gerente general de una empresa de logística. Se caracteriza por su alta ejecutividad, velocidad de reflejos, audacia competitiva y por torturar psicológicamente a sus empleados. La firma en la que trabaja ha sufrido los embates de varias crisis. La situación de la compañía es crítica. Malfatti, considera que es el momento indicado para convocar una reunión de directorio. Frente a los adustos rostros de los accionistas, herederos en su mayoría de los fundadores del negocio, expone con franqueza la delicada coyuntura por la que atraviesa la organización. Los miembros del directorio no pueden ocultar la consternación que el hecho les produce. Aquiles, utilizando convincentes argumentos, logra que le aprueben deshacerse de la sociedad.

El gerente general vende la empresa a un grupo extranjero en tiempo record. Él, que ya ha sobrevivido a dos due dilligences de anteriores gestiones en otras empresas, logra quedar a mando de este nuevo interregno. Un funcionario del grupo adquirente, enviado desde la filial en Chile, pronto aprueba sus planes. Le firma un poder plenipotenciario y cruza la cordillera ese mismo día.

En sólo cuarenta y cinco días barre con el cien por ciento de los puestos de trabajo. En primer lugar descabeza la gerencia de compras, en su lugar coloca a un antiguo colega que realiza compras por cantidades colosales de materiales de construcción, de computadoras y periféricos de última generación y de nuevo mobiliario de diseño exclusivo, todo para renovar la empresa. En segundo lugar descabeza la gerencia de operaciones, él mismo vende las instalaciones y todos los camiones, semis y acoplados reemplazándolos por viejas unidades estropeadas. Por último despide a los administrativos que quedan y contrata un nuevo servicio de seguridad.

El día número cuarenta y seis al proveedor de computadoras le llega el primer cheque rechazado. Ese mismo Malfatti revende todas las nuevas adquisiciones realizadas por el nuevo gerente de compras a menos de la mitad de su valor y al contado. También llegan los primeros delegados sindicales y son expulsados por unos férreos guardias. El día número cuarenta y siete la playa de estacionamiento del establecimiento estalla, abarrotada de manifestantes reclamando por sus puestos de trabajo y un grupo de proveedores exigiendo los pagos incumplidos. Aquiles Malfatti se mira en el espejo, deteniéndose en sus ojos grises, en su cabellera tupida, lacia y entrecana, en su sonrisa torcida, farfulla: dicen que sos un hijo de puta, vas bien.

Cartas documentos, cédulas, oficios y demandas comienzan a llegar al domicilio de la empresa y también a su hogar. Malfatti, las ignora. Su esposa se enoja con él. La echa del hogar. Ella se lleva a los chicos. Él hace una fiesta en su lujoso departamento con su compinche, el nuevo gerente de compras, y cuatro modelos rutilantes. El funcionario chileno llega hecho una furia, él lo espera en el aeropuerto. Antes de llevarlo a la empresa lo invita a desayunar frente al río. Vierte una sustancia en su café. Lo conduce a un departamento privado y lo fotografía mientras una mulata le practica una fellatio y una rubia ruge con la vagina apoyada en su boca abierta. Envía la foto a la sede de Santiago. La quiebra se decreta en tiempo record, tal como lo planeó, en noventa días.

Aburrido, la depresión lo embarga y durante meses no sale de su departamento. Después de largas reflexiones decide acabar con su vida pero antes se propone dar a conocer sus motivos. La primer conferencia la brinda en la Universidad Popular de Belgrano, asisten poco más de veinte personas. A viva voz, apelando a todos los recursos dramáticos por él conocidos, denuncia los truculentos manejos de los directorios para con los recursos humanos. A la segunda conferencia, organizada en un centro cultural del barrio de Flores asisten cerca de un centenar de personas. La tercera se lleva a cabo en un teatro del barrio Monserrat, los asistentes ascienden a quinientos. Las conferencias son cada vez más exitosas y Aquiles se hace de un grupo de seguidores. En la última, organizada en la cancha de Atlanta, los invita a formar parte de un suicidio en masa en protesta por el mal trato al que han sido sometidos durante su vida laboral.

El evento se lleva a cabo en una isla del delta del Tigre. Ciento cincuenta seguidores cantan un himno parafraseando la canción Héroes de David Bowie, compuesto por el mismo Aquiles. Los acólitos beben el cóctel venenoso luego de un almuerzo frugal. Malfatti los observa. A los pocos minutos los cuerpos se retuercen sobre el césped bien cuidado Aquiles estalla de alegría. Está tan contento que decide no suicidarse. Arroja al río el contenido de su cáliz de plata. Un enjambre de helicópteros rodea la isla. Descienden casi al mismo tiempo. Enfermeros corren a socorrer a los yacentes. Un par de hombres con traje oscuro arrastran a Malfatti a una de las naves. Despegan en el acto. Viaja frente a un hombre de gruesos bigotes que sonríe.

– ¡Bienvenido! –le dice– ¡Vos sí que tenés futuro en la política!

lunes, 22 de febrero de 2010

H(ijo) P(ródigo)

Desde el balcón del piso noventa y tres Ernesto Che Domingo escucha la marea de lodo golpear las placas de contención que cubren los pisos inferiores clausurados. Los guiños del helicóptero pidiendo pista distrae su atención hasta ese momento fija en la costa de la ciudad estado vecina. La nave sobrevuela la terraza.


– Están llegando los cornúpetos –anuncia el asistente.

– Ya me visto… –entra a la habitación, el vidrio blindado se cierra tras él. Activa el espejo pared con sólo detenerse junto al vestidor. Se mira: la redondez exagerada de los ojos, la nariz diminuta y apenas respingada. Desliza la mirada por la figura andrógina reflejada, cautivado. Elige una camisa de seda salvaje y unos pantaloncitos de piel morena cultivada. Pasa a la sala principal. Los recién llegados lo esperan en la recepción de nácar. Cerrando los párpados y cabeceando suavemente le indica a su asistente que los haga pasar. Los asesores no se hacen desear.

– Mi esposa le envía este obsequio –se acerca uno tendiéndole una holocard. El candidato la enciende. Casi desnuda, meneándose al compás de unas tumbadoras lejanas, la mujer susurra elogios y buenos augurios, cierra la proyección con una invitación en la suite pasional del Neo Faena.

– Muy agradecido… Siéntense –los asesores se acomodan en unas butacas enanas tapizadas en piel de venado. El candidato se recuesta sobre un chaise longue– ¿Qué dicen las encuestas?

– El setenta por ciento del electorado lo prefiere –asegura el del holograma.

– Cifras semejantes manipulan los asesores de Eva Kristin.

– ¡Ese estudio es falso! No mide el impacto de su retorno, Ernesto Che Domingo. La promesa de restaurar el viejo país inflama a muchos –interviene el más canoso–. Su gira por las ciudades estado de la Puna, el Cuyo, los Valles Mediterráneos y la Patagonia ha despertado grandes expectativas.

– Eva Kristin nunca abandonó el domo de Barrio Parque… –denosta el tercer asesor.

– Sí. Y los habitantes de esas ciudades quedaron embobados con mi imagen, con mis alusiones… –el candidato ríe y su risa es un canto ya escuchado.



Eva Kristin arroja un frasco de Kenzo Nuit contra la pantalla. El holo de Ernesto Che Domingo estalla en esquirlas de cristal orgánico. El perfume provoca chispas en los biochips del computador.

– ¡Ese imbécil no puede arrebatarme mi cetro!

– Mi lady. Mantenga la calma. Podremos con él… –sosiega la secretaria personal de la Máxima Protectora.

– ¡¿Cómo?! Está cautivando a todos esos mamertos de pija fláccida ¡Y ni hablar de sus pobres y famélicas hembras! ¡Quiero saber quién permitió esa proyección! ¡Que vengan los censores!

– Mi Dama. Fue una transmisión pirata que interrumpió la programación.

– Entonces que vengan los firewalls soldiers, ¿cómo pudieron?... o tenemos infiltrados…

– ¡Eva! –chilla la secretaria señalando el gabinete del computador. Por encima de la torreta de carbono se forma una imagen. Ernesto Che Domingo les guiña un ojo.

– Hola, mis chichis…

– ¡¿Cómo te atrevés?!

– Señora, no pierda los estribos... quisiera una charla a solas –mandataria y secretaria intercambian miradas. Eva Kristin asiente. La secretaria se retira, custodiada por las pupilas de su patrona. La puerta se cierra herméticamente.

– ¿Qué querés?

– Eva, no podés seguir así, tu deterioro es evidente.

– ¡No quiero seguir escuchando!

–  Eva... todavía estás a tiempo. Una temporada en una clínica regeneradora… renovación absoluta, integral, de cada molécula que conforma cada célula de tu bello ser.

– Y dejarte a vos el poder…

– Para volver… más tarde… como mi esposa.

– Querido, eso no está bien visto.

– Lo aceptarán. Serías una nueva persona, una diosa. A la chusma la convencemos fácil ¿Qué decís?

– Me encantaría, pero…

– Iniciaríamos una dinastía eterna. Renovándonos uno y otro, para siempre.

– ¡Hijo…!

– ¡Madre…!

jueves, 10 de diciembre de 2009

Resiste Hasta Morir

La masa baila.


El bom-bom-bom- bo

marca el pulso.

Tweeters escupen agudos.

Tenso el muslo.

Ojos rasgados.

Me miran.

El espejo pared es la estrella de la noche conteniendo el reflejo de los danzantes, absorbiendo sus almas. La bella de extraña mata dorada, delineador rabioso, sonrisa pétrea carmesí, protegida por el rayo amarillo, emerge de la pana negra. Dulce planta carnívora.

La quiero.

               La busco.

                             Voy hacia ella.

                                                   Paso directo.

                                                                  Amago y bamboleo.

                                              Pasos cortos.

                                                                  Dos, seguidos.

                                                                                        Rápidos.

                                                                                                      Precisos.

                                                                                                                     STOP.

                                                                                                                               Amago.

                                                                                                             Uno y dos.

                                                                                                                              P a s o l a r g o.

                                                                                                                               ¡Ahora!

Estoy al lado de ella. Siguiendo el ritmo, suelto las palabras. Me mira, me ignora. No más sonrisa, una raja. Es ella y el espejo. Continúo articulando, profiriendo, orando. Sus poliméricos labios se arquean un instante. Es mía, me entusiasmo. Pronuncio, emito, despacho más palabras. Las ignora. Ella y el espejo, el uno para el otro. Ya no me importa. Mis hijas, las palabras, brotan y brotan de mi boca. Cobran vida, me rodean. Son amables, mis compinches, las palabras. Río a carcajadas, jotas y aes bailan alrededor de la blonda enamorada del espejo, de sí misma. Hablo, hablo, hablo, poseído por la fuerza generadora de mi voz. Entro al baño, riego el mingitorio y ellas a borbotones son escupidas por mi boca. Vuelvo a la pista, dejo atrás la barra y subo las escaleras, declamando entre risas, escoltado por ellas, las palabras. Saludo hacia la masa danzante con la mano e irrumpo en la fría calle.

Mis compañeras se desvanecen. Oscuridad. Gélida soledad. Un perro con la mandíbula inferior arrancada, cayéndose moribundo y sangrante, irrumpe por la esquina. Otros dos, robustos y famélicos, lo persiguen. Alcanzan al herido. Se arrojan sobre él. Lo muerden gruñendo con furia. Tironean de sus patas traseras queriendo desgarrarlas. El moribundo se retuerce. Apenas lucha. Un aullido quiebra las tinieblas. Un cerdo enorme, mugriento, peludo, acomete por la misma esquina. Se abalanza sobre el animal rendido. Cebados por la sangre que corre, los tres voraces, descuartizan al animal que chilla como un infante humano ¡Qué estoy viendo! ¡Un taxi! Lo paro.

– ¡Sáqueme de aquí!

– Tranquilo, pibe ¡¿Qué tomaste?!

– Nada , nada –contesto. La vereda está desierta. Le digo al tachero a dónde ir. Arranca.

– Me asustate, flaquito –confiesa. Sonrío. Es humano, se asusta, habla, fuma cigarrillos, escucha tangos, puedo irme a dormir... lástima no haber ganado una hembrita.

En casa me pongo piyamita y me acurruco bien bajo las mantas. Los párpados ceden. Un pequeño y suave remolino en la coronilla endulza el viaje. De pronto un estruendo ¡Un quilombo terrible! ¡¿Qué está pasando?! A través de la pared que separa mi vida de la de los vecinos llegan las acaloradas voces de una agria discusión entre dos o tres personas. Vidrios crujen. Vuelcan una mesa. Chillidos femeninos. Insulto masculino y dos disparos ¡DOS DISPAROS! Mi corazón se detiene ¡No, mi Dios, me muero! Lub-dup, arranca de nuevo ¡¿Qué está pasando?! Miro la pared. No me contesta. Acomodan un mueble. Pasos. Voy hasta la puerta. Abro una pequeña rendija. La puerta del departamento de al lado se abre con un tímido chirrido. Asomo apenas mi hocico.

– ¡¡ADENTRO HIJODEPUTA!! –grita el cañón de un revólver gigante ¡¡¡SLAM!!! Cierro la puerta y me arrojo a la cama como un clavadista mexicano.

Amanece. Los rayos del sol hacen vuelo rasante sobre el asfalto de las avenidas rebotando sobre piedritas que, por un instante, parecen preciosas. TOC TOC. Sobresalto y salto de la cama a ver quién es. Una vez más soy un inconsciente y abro. Mil watts velan mi retina. Caigo de espaldas, no puedo reprimir un sollozo.

– ¡Somos de Telediario! ¿Qué podría decirnos de este salvaje asesinato perpetrado nada menos que pared de por medio de su propia vivienda? –invade un cronista apuntándome con un micrófono. El sollozo se convierte en un llanto a gritos.

– Calma, joven, tranquilícese. Veo que era allegado de la parejita masacrada – respondo que no con la cabeza.

– ¿Que le ocurre, entonces? –interroga con falsa dulzura.

– Me asusté.

– No es para menos –acota y gira enfrentando a la cámara– Es comprensible. Que acontecimientos como estos, ¡crímenes salvajes!, nos asolen a cotidiano en este convulsionado Buenos Aires de hoy, es para que este joven, usted señora y yo, estemos todos muy asustados.

– No, no... –interrumpo ya más compuesto– No, no es eso... –el cronista se vuelve hacia mí bruscamente.

– Entonces, ¿qué es lo que lo asusta?

– ¡Usted!

– ¿Te referís a mí? ¿Yo soy de temer? ¿Yo? ¿Yo? ¿Yo? ... –el cronista queda tildado. Todo lo que está más allá del cuarzo con el que me tuesta el asistente del camarógrafo es una oscuridad misteriosa. Una figura inquieta avanza quedando parcialmente iluminada ¡¡¡¡ES ÉL!!!! ¡¡¡¡¡EL ASESINO!!!!! Me mira con una sonrisa feroz ¡¡¡¡¡¡ES UN CANA!!!!!! Empujo al cronista, al camarógrafo y al asistente afuera del depto gritando como un loco.

– ¡¡¡NO SE NADA!!! ¡¡¡NO VI NADA!!! ¡¡¡FUERA, FUERA!!!







– Tu situación actual no está bien, tenés todo en baja. Recién en dieciséis días va a estar todo arriba. Pero no desesperes, vos seguí bajando y bajando y cuando toques fondo, ¡empujá para arriba! –aconseja Piero, mi amigo parapsicólogo, calculando el biorritmo– Recuerda que es sabio aquel que como el agua, llena todos los baches y se adapta a todos los continentes –dejo al místico satisfecho con su frase y voy para el centro, a la casa de mi novia, la exuberante F.

– Llegás justo, estaba terminando de poner la mesa –dice invitándome a pasar. En una de las esquinas del único ambiente, un arbolito de navidad me sorprende con su centenar de luciérnagas multicolores. Me acerco. Observo sus ramas nevadas y los infaltables adornos, las bolas de cristal de colores. Al pie del árbol se extiende un pesebre de porcelana con un niño rozagante, que dista mucho de tener el aspecto de un recién nacido. También está María, hermosa y con sus labios abiertos mirando al cielo; José, de barba cana y con gesto adusto, mira al niño. Los reyes, ricachones rebosantes de oros, los rodean. Toda una multitud de animales domésticos completa la escena. A un costado, una mesa con un mantel de hilo ofrece un delicioso banquete, nueces, almendras, higos, dátiles, confituras, frutas abrillantadas, pan dulce casero y turrones de yema de huevo, mis preferidos. Con sólo ver la mesa recuerdo que tengo una bolsa crujiente llamada estómago dentro de mi ser carnal. Olas de saliva saltan de mi boca, me arrojo sobre la mesa, enceguecido por el hambre. Engullo a dos manos los reconstituyentes manjares ¡Están riquísimos! La bella F goza con mi voracidad. Con su andar gatuno, va hasta un fonógrafo y pone un disco de pasta. Navidad Blanca de Bing Crosby. Me atraganto y giro hacia ella, alarmado.

– ¿Qué te pasa, no te gusta la navidad? –pregunta.

– Para ser sincero, no. No me gustan. Sé que no tengo motivos ni los voy a inventar ahora, mucho menos considerando que hoy es ¡veinticuatro de julio, F!

– ¿Y? –se acerca con su andar– No veo cuál es la razón para que te pongas así.

– Es que estoy desesperado... Esta madrugada hubo un asesinato al lado de casa, después a la mañana vinieron los de Telediario. Estoy muy mal ... –y no puedo seguir lamentándome porque F se coloca encima mío, poco a poco me envuelve y después de hamacarnos cadenciosamente quedo tirado, todo empapado en su gel visceral. Necesito una lengua animal que me lama para que pueda volver a respirar por mí mismo ¡SLURP! Cumple F, luego me toma de la mano y me lleva a la casa de una amiga.

– Ella tiene lo que vos estás necesitando.

– ¡Maravilloso! –exclama esa voz como de locutor que siempre resuena en mi interior, mientras mis ojos miran pasar a través de la puerta plegable del ascensor, jaula negra de hierro forjado, los números de los pisos estampados sobre óvalos enlozados– ¡Realmente maravilloso! Todo el mundo sabe lo que el otro no sabe de sí mismo. X sabe lo que a P necesita. P a su vez sabe lo que M necesita ¡Nadie sabe nada! Pero, yo estoy chocho de alegría porque F, mi ocasional benefactora, sabe lo que yo necesito y lo tiene su amiga.

Llegamos a un edificio de dos pisos. Subimos una escalera de peldaños de mármol y baranda de bronce. Una mujer extraña de cabellos cortos negros y ojos fríos nos invita a pasar, antes mira para todos lados.

– Pasen, pasen, pónganse cómodos que yo estoy en una historia, en unos minutos vuelvo con ustedes ...

– Historia, ¿eh? –digo cuando se va– ¿En qué historia está metida esta mina? –sobre una mesita veo unas botellas. Voy hacia ellas, Gin, vodka y un Ballantines ¡Un Ballantines! Esto debe ser algo digno de catar, me digo. De un aparador tomo un vaso y me lo sirvo bastante cargado. Hago un fondo blanco. ¡Buen whisky! ¡Cheto! Pasó por el esófago sin hacerme sufrir, una delicadeza. Me sirvo otro. Lo bebo. ¡Ja ja ja ja ja ja, está muy bueno!

– ¿Y Ojos Fríos? –pregunto a F entre risas.

– ¡¡Shhhh!! Portate bien y no le pongas nombres raros, ya dijo que está haciendo negocios.

– ¡Negocios! Negocios son negocios, ¿qué clase de negocios hace tu amiguita? –insisto con la suspicacia. Me tomo el tercer whisky ¡Uyyy uuuuuuuyyy uuuuuuuyyyy! El hepatos se hace presente a la fiestita. Aquí estoy yo dice inflamándose y me dejo caer en un sillón hundiéndome entre las flores de los almohadones. Entra Ojos Fríos toda pizpireta, seguida de una sombra alta y flaca. Se hace la luz y el que era sombra tiene sus ojos oscuros clavados en los biliosos míos.

– ¿Nos conocemos de algún lado? –pregunta ¡¡Es él!! ¡¡¡El asesino!!!

– ¡No! ¡No nos conocemos! ¡No vi nada! –respondo entre sollozos. F y su amiga me observan con aversión. El flaco las saluda secamente. A mí me hace una pequeña venia y se va. Lloro a moco tendido.

– ¡F! ¡¿Qué le pasa a tu amigo?! –pregunta Ojos Fríos.

– Está necesitando tu medicina –contesta la otra.

– ¡¿Medicina?! –me alarmo– ¡¿Qué medicina?! ¡¿Qué me van a hacer, traidoras?! –Ojos Fríos vuelve a la habitación contigua y reaparece portando una bandeja de plata que espeja en su superficie una pronunciada montañita de polvo blanco.

Noche. Avenida. Corro siguiendo el ilusorio cordón de luces azafranadas de las farolas. Corro y corro queriendo alcanzar el inalcanzable punto de fuga. El frío lo posee todo. Agujero negro, me sumerjo en él. Escaleras abajo, allá voy.

La masa baila.

El bom-bom-bom-bo

marca el pulso.

Tweeters escupen agudos.

¡¡¡¡NO!!!! Salgo corriendo escaleras arriba. Cruzo como un relámpago calles y avenidas. Autos y motos nada son para mí. La autopista se abre al frente. ¡¡¡AAAAARF!!! La devoro con mi velocidad. Llego al aeropuerto. Todavía puedo tomar el último vuelo. American Airlines. Un pasaje a Hollywood ¡Alguien va a pagar por todo esto! Beverly Hills.

– ¡¡¡¡SYLVESTEEEEEEER!!!! –aúllo cuando lo veo.

Y le rompo la cara a Stallone (miembro honorable de la reserva de occidente).

miércoles, 25 de noviembre de 2009

El trofeo

La nave es atraída irremediablemente hacia la luna terrestre por una fuerza desconocida. Ot Brun manipula la esfera de cristal con dedos frenéticos. Los comandos vivientes no responden. Abandona la butaca, enfrenta al cilindro de cristal que contiene el cuerpo inerte. Observa al guerrero. Aprieta los puños, él es el único entrenado, lo acompañan tres androides tripulantes, incapaces para la lucha. Despertar a su presa no está en sus planes.
El navío estelar avanza hacia la zona oscura del satélite, aspirado por la extraña fuerza. Ot Brun gruñe. Los Señores de la Vida, cuando contrataron a los esbirros de Rigel, garantizaron que Sol 3 había sido declarado zona de exclusión, que ninguna otra civilización intervendría en las operaciones que se desarrollaran en el área. Ot Brun no comprende qué significa esa intromisión. Insiste con los comandos. No responden. Convoca a los androides. Nada, están inactivos. La astronave atraca con suavidad en una lanzadera invisible. La luz se hace de pronto, deslumbrándolo.
– ¡Humanos! –ruge. Tres de ellos se aproximan. Casi desnudos, sólo con los testículos y el pene cubiertos por una bolsa atada a la cintura. El rigeliano descubre que está dentro de una gruta aislada por una cúpula gravitatoria.
– ¡Abra la escotilla! –ordena un humano, en lengua de Ad-Dabaran. Resoplando, Ot Brun obedece. Los tres hombres ingresan a la nave. Recorren el pequeño laberinto sin dificultad hasta llegar a la sala de control. Ot Brun los encara receloso.
– ¡Están violando la zona de exclusión!
– Nosotros no violamos nada, gigantón. Pertenecemos a esta zona –Ot Brun observa que son puros, sin ningún tipo de intervención quirúrgica ni manipulación genética. Uno de ellos se detiene junto al cilindro de cristal.
– Liberá a nuestro hermano.
– ¡Él me pertenece!
– Nadie lo niega, gigantón. Pero aquí, en nuestra base, los dos son nuestros invitados –interviene el primero–. Liberalo.


Rohul, aún aturdido, rodeado de humanos como él, mira a su alrededor con ojos fascinados. Ot Brun camina con aprensión tras él, escoltado por cuatro mujeres de fuerte contextura. Avanzan por pasadizos cavados en la roca. Hombres y mujeres, todos puros, se unen a la comitiva. El rigeliano, aparatoso en su traje, los mira con recelo. Machos y hembras sólo con sus genitales cubiertos, lo ignoran. El corredor se ensancha y culmina en un gran domo de roca azul. Rohul distingue una figura sentada sobre una plataforma con las piernas cruzadas en el centro de la estancia. La figura se yergue con gracilidad. Todos se detienen. Un estremecimiento turba al guerrero. Sus pupilas se abren tanto que queda por un instante enceguecido. El rostro de Ot Brun se ensombrece. Se adelanta dos pasos. Sus escoltas avanzan con él.
– ¿¡Estás a cargo de este asentamiento!? –la mujer, ataviada sólo con un conchero, deja escapar una suave risa. Los otros humanos la acompañan en la hilaridad.
– Sos muy gracioso…
– Deseo hablar con quien esté a mando.
– Aquí no existen escalafones. Yo soy la que Comprende… ¿si eso te basta?
– Entonces, eres la líder –la piel morena de la mujer refleja luces doradas que penden en el vacío de la gran bóveda. Torciendo apenas los labios, levanta una ceja
– ¿Vos quién sos?
– Ot Brun. Oriundo de Uris, planetoide en la orbita de Rigel, comandante del Domo Austral Occidental en el Planeta Tierra.
– Mi nombre es Ewa.
– Mujer, ¿cómo se atreven a quebrantar el pacto que Johannes Van der Waals V firmó con Los Señores de la Vida?
– Ese acuerdo no nos alcanza. Van der Waals V, sin tener derechos auténticos, pactó sobre los cuerpos de los humanos sobre el planeta Tierra. De mucho antes de ese lamentable hecho que nosotros habitamos la Luna, comandante. En cambio, Ot Brun, vos sí que infrigiste las reglas... –Ot Brun se encoge.
– Nunca he sido un trasgresor, hembra.
– Sí que lo fuiste. Y la trasgresión fue muy grande, comandante. Permitiste que un vampiro de Jabbah se filtre entre los supervivientes puros.
– No… no pude impedirlo…
– Los markabianos no lo van a considerar así, comandante –los hombros del rigeliano caen agobiados.
– ¿Cómo lo sabés?
– Sé que ellos tenían otros planes para el reducido grupo de sobrevivientes humanos de la Tierra –los ojos de Ot Brun se inyectan, comienza a temblar–. Llévenlo a una cámara. Que se relaje, si puede... –las cuatro guardianas conducen a Ot Brun fuera del recinto. La mujer sujeta con la mirada a Rohul. Los ojos del guerrero se anegan. Una convulsión lo sacude. Gime.
– ¿El golem que liberé, era un vampiro? –alcanza a preguntar. La mujer asiente. El guerrero se deshace en un desesperado llanto.
– Déjenme a solas con él.


Ewa y Rohul caminan por una cornisa en lo alto de la cúpula. El paisaje lunar se extiende más allá de la campana protectora. El guerrero mira todo, obnubilado. Sus ojos vuelven una y otra vez hacia ella. Busca captar cada detalle del voluptuoso cuerpo.
– Ewa quiero quedarme aquí – ella sonríe– Te amo, Ewa.
– Es transferencia, no amor –Rohul la toma entre sus brazos. La estrecha con fuerza. Ella lo mira sin temor. La besa. Ella no responde. El miembro viril de él se empina. Le quita el conchero. Ella no lo detiene. Imperturbable deja que haga. Rohul intenta penetrarla. Ewa con un simple movimiento de cadera lo rechaza. Él eyacula sobre los muslos de ella. Rohul cae de rodillas. Solloza. Ella se acuclilla junto a él.
– Tranquilo. Tenés que aprender a contenerte.
– Te amo de verdad, Ewa.
– Sólo me deseas.
– Quiero estar siempre a tu lado.
– Pronto vas a partir.
– ¡No! ¡¿Por qué?!
– Tu destino está atado al del rigeliano. Aceptaste su propuesta de intercambio.
– ¿Por qué capturaron la nave de Ot Brun?
– Queríamos conocerte. Mostrarte que la libertad es alcanzable.
– Pero no puedo quedarme...
– Rohul, la libertad, vas a tener que ganarla –dice ella. Ot Brun, escoltado solamente por un hombre, se les acerca. Mira adusto a su trofeo. Rohul le devuelve la mirada con odio.
– Debemos seguir nuestro camino –anuncia el rigeliano.
La nave asciende hacia la negritud. Ewa observa desde lo alto de la cúpula. El cono plateado se aleja rumbo al extremo de la vía láctea.
– Es sólo un niño –suspira Ewa.

(viene de Golem Recargado)