sábado, 3 de mayo de 2014

La templanza cotidiana

Golpetea la fórmica gastada del mostrador. Uno de sus pies también golpetea la baldosa. No hay ritmo. Recursos humanos dice en el cartel de acrílico en forma de carpa. Un empleado somnoliento se le acerca. Deja el certificado abajo de los dedos inquietos.
—¿Y de la nueva sucursal que se sabe? —detiene la percusión.
—Tenés que preguntarle a Magunza.
                Magunza, Magunza, protesta una de las incesantes voces internas, la cabrona, ¡¿dónde está el bendito Magunza?! Se acomoda el impermeable sobre el saco y sale de la oficina. Garúa, tristeza, que hasta el cielo se ha puesto a llorar, canta otra de sus voces internas, la comedida ¡Tristeza las pelotas!, la contradice la cabrona, ¡odio, bronca, destrucción, mutilación! Rayos rojos en el video interno
                Camina tres cuadras. El auto está atrapado entre un Falcon de los setentas y una 4x4 enorme ¡Estoy harto!, la cabrona. Sube al auto. Da contacto. La máquina tose pero no arranca ¡Auto de mieeeeerrrrda!, sigue cabrona. Vuelve a intentarlo. Le responde la tos. Sale  del auto. Levanta el capot. Revisa la batería. Verifica que las conexiones estén ajustadas. Están un tanto flojas. Constata en ese instante que los bornes están sulfatados. Unas gotas se cuelan por el cuello de la camisa ocasionándole un escalofrío ¡Ay!, que chucho, relaja comedida. Limpia los bornes lo mejor que puede con un trapo ajado, calzoncillo roto olvidado en una tobera. Ajusta los extremos de los cables a los polos de la batería y se sube al auto. Gira la llave. El motor arranca. Suspira. En el auto de papá nos iremos a paseaaaaarrrr, canta comedida. Forcejea con el volante, haciéndolo girar hacia un lado. Pisa el embrague. El cambio no entra. ¡Ayyyyyy!, Magunza, cómo te patearía el culo, se expresa cabrona. El cambio entra. Retrocede. Gira el volante hacia el otro lado. Avanza. Vuelve a intentar colocar la marcha atrás. No entra. El motor se para. ¡Hijo de mil…! Hijo de mil…!, canturrea comedida aludiendo también a Magunza. ¡Infeliz!, acentúa cabrona. El motor enciende al primer intento. Coloca la marcha atrás. Retrocede unos pocos centímetros. Gira el volante una vez más. Adelanta apenas un palmo. Todavía no puede sacar el auto del encierro. Recula. Avanza una vez más. Cuando el auto ya está a punto de salir golpea la óptica con las aparatosas defensas metálicas del Falcon viejo, el vidrio se quiebra en tres partes ¡Lo voy a incendiar!, despotrica cabrona ¡Tendrían que mandarlos a todos a desguace!, culmina Malatesta en voz alta.
                El embotellamiento es de una densidad tal que avanza de a metros por hora. Peatones apurados, bajo paraguas maltrechos y con las solapas de sus abrigos levantadas, se interponen entre su auto y el de adelante ¡Por qué no cruzan por la esquina!, desbarra. La garúa se convierte en franca lluvia. La marcha lenta y engorrosa provoca calores en algunas zonas de la cavidad craneana de Malatesta. Los rayos rojos del video interno se convierten ráfagas que ascienden y se pierden en la nada oscura. Una parte su mente, la que a veces se expresa con la voz razonable controla que la temperatura no supere los grados celsius aconsejables. Arranca y frena, arranca y frena, arranca y frena hasta que entra a la avenida.
                En la arteria avanza con más soltura. Al rato nota que el auto tiende a irse hacia la derecha. Ignora el síntoma y sigue. Cuando lo agarre a ese sorete de Magunza le voy a recordar todo lo que hice por él en la zona sur… me lo debe todo… a mí… que gasté mis suelas por los peores lugares…, manifiesta cabrona ¡Pero qué le pasa a este cascajo!, interrumpe el hilo de los pensamientos el propio Malatesta. La tendencia del vehículo a desviarse a la derecha ya es exagerada. De un auto vecino le tocan varias veces bocina, él los mira con los ojos desencajados, el izquierdo algo desviado hacia un costado. ¡Estás en llanta!, le gritan. Corresponde con un movimiento de cabeza y se detiene al borde de la vereda. La lluvia arrecia. Sale del coche. La cubierta está totalmente desinflada. La ira invade no sólo ese espacio misterioso en el que el ego reina sino que avanza tomando la cavidad craneana entera. Las ráfagas giren en un torbellino alocado. Malatesta despotrica contra su dios, al que considera el creador de todo lo bueno, de todo lo malo, luego continúa con todas las formas de vida conocidas, no se detiene hasta alcanzar el universo entero, al menos ese espacio por él conocido.
                Abre el baúl, saca el gato, llave cruz y rueda de auxilio. Con un suspiro se pone manos a la obra. Cambia la rueda. El auxilio también está en llanta ¡POR QUÉ A MÍ!, es el significado de lo que para los transeúntes suena como un alarido. Empapado, humea. Sube al auto. Arranca. Acelera. Desde los otros autos lo miran. Él los ignora a todos. Encuentra una gomería. Entra al local. Un empleado vestido de un jean y un buzo, negros de mugre, sale a atenderlo. Sale del auto. El tajo en el zócalo es una risa socarrona. ¡Mierda!, grita cabrona.
—¿Cuánto sale una cubierta usada como ésta?
—Quinientos setenta —escupe el gomero. Malatesta revisa los bolsillos. Encuentra un billete de cien pesos, dos de diez y tres pesos en monedas ¿¡En qué se me fue la guita!?, cuestiona cabrona. 
—¿Trabajás con tarjetas de crédito o débito? –el empleado niega sacudiendo la cabeza.
                Se sube al auto insultando. Marcha atrás sin mirar y retoma la avenida. Avanza a mayor velocidad. El neumático se va lacerando.. Pasa por el túnel y sale a la superficie aumentando la velocidad. Los peatones siguen la trayectoria del auto espantados. ¡Y todo por culpa de ese hijo de mil putas de Magunza!, grita cabrona. Pasa por delante de una seccional de la federal. Un patrullero sale tras él. Para. Baja como un rayo del auto. Los policías salen de la patrulla cautos.
—¡Me quieren decir dónde hay una puta gomería! –brama. Los policías se miran entre sí.
—A cinco cuadras doblando en la primera –informa uno. Malatesta sube al auto. Los policías se encogen de hombros y lo dejan ir.
                Un ovillo de hilos de caucho, cuerdas y metal era lo quedaba del neumático. La llanta: una escultura de forma ovoide.
—¿Vende cubiertas usadas? –pregunta al empleado vestido con un uniforme azul, naranja y rojo.
—No, señor, sólo vendemos cubiertas nuevas.
—¿Cuánto está la más barata?
—Setecientos treinta y cinco pesos.
—¿Tarjetas de crédito?
—Todas.
—Andá poniendo una.
—Va a necesitar una llanta nueva.
—Usá la que está en el baúl.
                El empleado trabaja con diligencia. Malatesta enciende un cigarrillo. Bueno, problema resuelto –reaparece comedida. Fuma con lentitud. De todos modos, cuando encuentre a Magunza le voy a romper la cara, manifiesta cabrona.
—Ya está, señor –informa el gomero— En la oficina le cobran –camina hasta un cubo de vidrio. La caja es un cubo de vidrio más chico. El cajero le pide la tarjeta y un documento de identidad. Antes de pasar el plástico por el dispositivo observa la tarjeta.
—Señor, creo que está vencida.
—No puede ser. Pasala por uno de esos chirimbolos y va a ver que no tiene ningún problema –contesta. El muchacho desliza la tarjeta por la ranura, una, dos, tres y cuatro veces.
—No autorizan la compra. Está vencida.
—¡¿Qué decís?! –reacciona levantando la voz.
—¿No tiene otra tarjeta? –pregunta el cajero en tono neutro. Las incesantes voces de Malatesta callan, un remolino sulfuroso las disuelve. La pupilas de sus ojos se dilatan y las ráfagas suben y bajan en una vibración endemoniada.
—¡¿Por qué me está tomando?! –aúlla arrojando la colilla del cigarrillo encendida a la cara del muchacho. El chico se tapa la cara con las manos. Malatesta arranca el dispositivo lector de las tarjetas y lo arroja contra una de las paredes de vidrio. El artefacto rebota contra el cristal blindado y golpea al muchacho. El gomero corre a la oficina. Malatesta levanta el monitor de la computadora arrancándolo de sus conectores. El gomero lo abraza por atrás, intentando inmovilizarlo. Malatesta se sacude frenético. Gruñe como un animal salvaje. En uno de los corcoveos se saca de encima al gomero. Malatesta alza por sobre su cabeza el monitor y se lo arroja al que lo tenía agarrado. El muchacho esquiva el mamotreto. Lo último que ve Malatesta son las chispas del monitor al estallar. Dentro de su cerebro atribulado se desencadena otro tipo de reacción. Algo explota también en ese espacio interno y siente como un líquido escarlata irritante se derrama. No alcanza a gritar. Se ahoga. Un gusto amargo le tuerce el rostro. Cae boca abajo, aplastándose la nariz contra el piso.
                Emerge en una sala de Terapia Intensiva. Entreabre los ojos, deslumbrado por la luz de los tubos fluorescentes. Se acercan su esposa y sus hijos. Les tiende una mano. Atrás de ellos alcanza a distinguir a Magunza, su jefe. Levantando con sumo esfuerzo la cabeza le pregunta con un hilo de voz:
—¿Por qué? –abre grande los ojos que delatan resabios fulgurantes de ira— ¿Por qué no me puso a mí al frente de la nueva sucursal? —Magunza arquea las cejas, sacude la cabeza. Con una mano se alisa el canoso cabello lacio.

—Para evitar que estalle.

viernes, 21 de febrero de 2014

ROCKERO CAGANDO Y THE DRILLER KILLER: LO PUNK

Creo que fue en 1984, tal vez 1985, un amigo de entonces, Luis Frangella, organizó en el CAYC (Centro de arte y comunicación) una muestra colectiva con artistas del East Village neoyorquino. En esa época el CAYC, conducido y creado por Jorge Glusberg, era uno de los pocos lugares donde se podía acceder a expresiones artísticas vanguardistas, novedosas y experimentales dentro de una arquitectura futurista y caprichosa. Conocí a Frangella en el Café Einstein, me impactó con una performance: pintaba una mina con las piernas abiertas, la concha abiertísima, debajo de la concha un plato, en el plato una cabeza, la de Juan el Bautista. De la concha salía sangre, mucha sangre, inundaba la cabeza de Juan. Después Luis se metía atrás del cuadro, lo rasgaba con una trincheta, aparecía por la concha. Después destrozaba todo. Hice un corto en súper 8 con esa performance. Unos años más tarde me robaron la cinta en el Medio Mundo Varieté, otro antro artístico de los ochentas. Frangella había abandonado Buenos Aires y su profesión de arquitecto, vivía en el East Village como artista plástico, convivía con la nueva generación de artistas, Baskiat y otros.
En esa muestra del CAYC  uno podía ver obras de esa gente. Un shock. Eso fue para mí. Había un cuadro: Rockero cagando, no recuerdo el artista. Un fondo rojo sangre, pinceladas gruesas, desparejas, del borde superior pendía un cable que se enroscaba en el cuello de un muchacho con corte punk vestido con traje negro, ajustado a pesar de la ultradelgadez, camisa blanca, corbata negra. De una de sus manos caía una guitarra eléctrica. Abajo de sus pies una silla volteada, el cabo de cable que colgaba del cuello del ahorcado  culminaba en una bombita rota. El tamaño del cuadro era como el de un afiche. Fui a ver ese cuadro una y otra vez. Me obsesioné. Decidí robarlo. Justo estaba en una esquina, en un ciego de las cámaras de seguridad. En mi obsesión planifiqué el robo al detalle: en la muestra regalaban unos afiches, yo tenía ya varios de esos posters, eran las cortinas de mi dormitorio, cortaría el cuadro, lo doblaría junto con un afiche y me lo llevaría. La tarde que fui con la trincheta en el bolsillo, el tipo de seguridad no dejó de seguirme en ningún momento. No me animé a robar el cuadro. Sólo me quedó la sensación: nunca había visto algo tan punk como esa pintura.
Días atrás di con Driller Killer, un largometraje de Abel Ferrara del año 1979. Clasificado de clase B y prohibido en Inglaterra en 1984, lo logró: es tan punk como Rockero cagando. Y me pegó igual. Hecho con un presupuesto muy bajo y protagonizado por el mismo Abel Ferrara con el alias de Jimmy Laine, han clasificado a Driller Killer de película de horror barato, del peor gore, de inclasificable pretenciosa y es para mí una auténtica pieza de cine de autor. Ya se perfilan muchas de las escenas con las que el bueno de Abel hará las de Caín en los futuros films, escenas de lesbianismo, iconografía católica, marginalidad urbana, desenfreno.
Cuenta la historia de Reno Miller, un joven artista plástico que convive con dos chicas, una de ellas su novia (Carol), la otra amante de su novia (Pamela). Está pintando un cuadro que cree que es su obra maestra, la que los va a salvar para siempre, pero no puede terminarlo. Deben el alquiler y no pueden pagar las cuentas. Reno no conoce a su padre y lo busca entre los homeless que abundaban en el New York de fines de los setentas. Pamela es fan de una banda punk, Tony Coca Cola & the roosters, y los trae a vivir al mismo edificio en que viven ellos. Ensayan día y noche, eso termina de enloquecer a Reno. Se compra un cinturón batería que ve en un llame ya y empieza a salir solo en las noches con su taladro.
El guión de Nicholas Saint John, con aires profundos y torturados, arranca con una situación incomprensible, presentándonos a Reno como una persona tensa e inestable en una iglesia, escapa de ahí junto con su novia y van a buscar a Pamela a un antro, las situaciones se suceden en aparente desconexión hasta que estamos inmersos en la cotidianeidad irregular de los protagonistas, el uso de la música y lo sangriento nos evoca a Darío Argento: Driller Killer tiene escenas únicas, como cuando Reno pinta el retrato de Tony Coca Cola, , vemos al artista en pleno proceso creativo, poniendo capas sobre capas de color

hasta finalizar con una obra original que capta la esencia del retratado mientras el modelo tiene sexo con Pamela. De clima agobiante constante, Abel resuelve la trama de un modo muy, muy inteligente.

miércoles, 15 de enero de 2014

CADENA

Me la habían mandado a guardar. El mismo garca que antes trabajaba en Supermercados Carlan, ahora laburaba en una nueva cadena del interior de la provincia de Córdoba. Me compró cinco máquinas de catorce lucas cada una. Las pagó con seis cheques, el primero entró bien, pero hubo que devolverle la mitad de la guita: su comisión. El segundo vino de culo. Lo estaba yendo a buscar.
Dejé a los chicos en el colegio a las ocho de la mañana y salí de raje a Don Torcuato, donde estaban las oficinas y planta acopiadora. Garuaba. Avanzaba por la avenida Galván hacia la General Paz, a treinta metros el semáforo cambió, sin pasar por amarillo, a rojo. Toqué apenas el freno. La poronga patinó directo hacia el único auto detenido. Saqué el pie del pedal, maniobré con  desesperación. El Renault 9 se ladeó para un lado y después para el otro. Con el guardabarro delantero izquierdo rompí todo el lateral derecho del otro auto, un taxi.
—¡No lo puedo creer! –me agarré la cabeza. Del taxi salieron disparados un hombre y una mujer. Ella empezó a golpear el vidrio de la ventanilla con el puño y gritaba.
— ¡¡¡BAJÁ, HIJO DE PUTA, BAJÁ!!! —en ese instante sentí una furia demencial y en ese estado la miré. Toda su jeta ocupaba mi espectro visual, noté el cambio de expresión. Retrocedió un par de pasos. Abrí la puerta y salté del auto. El hombre la tomó por los hombros, la tranquilizó. La reacción de él también fue como un bálsamo para mí.
—Hablemos con calma –dije–. Perdí el control del auto. Discúlpeme. – ella se largó a llorar.
—Recién lo sacábamos del taller –gimoteó.
—¿Del chapista?
—Nos había chocado un colectivo –aclaró el varón.
—Tengo seguro. La culpa es mía, la compañía les va a pagar el arreglo.
—¡Qué seguro ni que seguro! ¡Pagan cuando se les da la gana y siempre menos de lo que sale el arreglo! –chilló ella. Yo saqué mi porta documentos del bolsillo trasero del pantalón, lo abrí con parsimonia, separé la licencia de conductor y la tarjeta del seguro.
—Intercambiar nuestros datos y denunciar el accidente es todo lo que podemos hacer  –dije y miré la tarjeta del seguro. Estaba vencido, no tenía cobertura. No sé si ellos percibieron mi reacción, todos los pelos del cuerpo se me erizaron y desde las profundidades del estómago se elevó una ola de angustia –. Espere un momento que llamo a mi asesor de seguros a ver qué se puede hacer – les dije como buscando una solución. Había dejado el celular en el auto. Fui a buscarlo. No estaba. Putié. Me puse a buscarlo frenético. Se había caído debajo de una butaca. Llamé a mi asesor de seguros, la pareja me miraba. Me alejé unos pasos.
—Diego, habla Eugenio –me contestó medio dormido– Acabo de pegarme un tremendo virulo contra un taxi y me vengo a desayunar con que tengo el seguro vencido hace dos días ¿Qué hago? El que tiene la culpa soy yo.
—Arreglá para que hagan la denuncia pasado mañana. Ahora renuevo la póliza en la misma compañía. Después que hagan el reclamo y que le  cobren al seguro.
—Acaban de sacar el coche del taller de chapa y pintura ¡No sabés el drama que es esto! ¡Tenemos que arreglar el auto ya!
—¡¿Estás loco!?
—No, Diego. Esta gente no va a transar con lo de falsear la denuncia. La mina llora como si le hubieran raptado un hijo.
—¿Dónde estás?
—En Galván y Huidobro.
—Listo. Lleválos al taller de un amigo en Melián y Tamborini. Se llama Julián. Yo le aviso ahora por teléfono que vas vos con un tacho. Igual los dos van a tener que hacer la denuncia dentro de cuarenta y ocho horas. No te olvides de hacerles firmar un poder en el que les ceden los derechos de reclamar el siniestro a Julián. Yo después arreglo todo —corté y me acerqué a la pareja.
—Ya está todo encaminado. Vamos a un taller de chapa y pintura que trabaja con mi productor de seguros y ya se ponen a trabajar en el coche. Ustedes le firman un poder al dueño del taller y él se arregla con la compañía.
—¡Yo quiero que arreglen el auto en mi taller! —chilló de nuevo la mina.
—Cuchame… te voy a hacer muy franco, si no lo hacemos como te estoy proponiendo vas a tener que ir a juicio contra mí y no vas cobrar nunca más…
—¿Y el seguro? —preguntó el hombre.
—Se venció hace dos días. Estoy sin seguro —si estaban angustiados, pasaron a estar aterrorizados—. Yo no quiero arruinarles la vida. Esta es la mejor opción que tengo ¿Me siguen al taller?
—¡Las pelotas te seguimos! —rugió ella— Vos me pagás ahora o te rompo todo el auto a patadas.
Le creí. Tenía que resolver esto ahora.
—¿Cuánto sale el arreglo? —pregunté mirando las daños del taxi. Ella codeó a su compañero.
—Yyyyyyy…. No menos de diez lucas —calculó el tipo. Metí la mano en el bolsillo interior del saco.
—Este cheque es por once lucas seis cientos. Está al día. Se lo llevan y asunto terminado.
Se miraron.
—Es bueno, de una cadena de supermercados.

La mina me lo arrancó de las manos. Lo inspeccionó con avidez. Se lo metió en el bolsillo, se subieron al tacho y rajaron. Me apoyé en el guardabarro abollado. Saqué los otros tres cheques ¿A quién embocárselos? Total, del laburo, ya estaba podrido.

domingo, 20 de octubre de 2013

Carlos Retamozo: Flashes del pensamiento secuencial

Dos obras de Carlos ilustran las tapas de los dos nuevos libros de Editorial Wu Wei: Gerardo y Mercedes de Ricardo Strafacce y Macadam de Roni Bandini.
Conocí la obra de Retamozo por sugerencia de Mirlo Rockett. Mirlo la califica de radioactiva. Lo es… y más. Ni bien la vi supe que alguna iba a ser tapa de libro de Wu Wei.
Nos juntamos con Carlos en su casa taller. Las obras descomunales impactan más en vivo que en su versión electrónica. Cada una es una escena, cada una narra una historia, no sólo por la disposición de los personajes y de los objetos en el cuadro sino también por la forma en que utiliza el color: estalla.
Asomarse a la mente de Carlos es cómo asomarse al cráter de un volcán en actividad: lava incandescente que estalla aquí y allá. Cada estallido es un plano de una secuencia.
Ya no le hace falta pintar como en los fines de los ochenta y comienzos de los noventa donde en un cuadro una escena barrial es un paneo detallista en el que se conjuga la luz del mediodía, media tarde y atardecer a medida que el paneo se despliega de abajo hacia arriba. Hoy sintetiza. El dice que ya no está para pintar cómo antes, que no tiene la paciencia, para mí alcanzó un nuevo estado perceptual, sintetizó las líneas e hizo estallar la luz y el color.

La obra de Carlos Retamozo traza la peripecia de un urbícola que deambula por las calles como si fueran pasillos de un laberinto en el que a cada vuelta de esquina se enfrenta a estímulos y desafíos cada vez más feroces, implacables y despiadados. 


 

lunes, 12 de abril de 2010

Un sueño descabellado

El niño del yarmulke y delgadas piernas se trepa a uno de los lebreles de bronce y Potaz llora. Extraña al pequeño Benjamín. Quince años sin saber nada de él. Aún lo recuerda corriendo por las veredas de Sánchez de Bustamante y Tucumán. El mundo era otro. Estaba construyendo un futuro, su esposa no necesitaba trabajar. Cuando ella evidenció su cansancio por estar todo el día tras el chico, decidieron enviarlo al kindergarten de la institución regida por una comunidad judía ortodoxa. El niño no se adaptó. Operadoras de la entidad intervinieron con celeridad. Se inmiscuyeron en la privacidad de la familia. Fraguaron denuncias atroces en contra del padre del niño. Se fracturó el hogar.


Potaz se sienta en uno de los bancos de la plaza. Una mujer con peluca y vestido oscuro holgado cuida del niño. Un hombre de largas barbas, vestido con un sobretodo negro y sombreo negro, un grueso tomo en las manos, los observa. Potaz escupe. Su hijo, su prestigio, sus propiedades, todo lo que había logrado le fue arrebatado hace quince años por gente como esta. Mira hacia la avenida. El fuego del crepúsculo abrasa las filas interminables de autos. Y, silueteado contra el fulgor dorado, lo ve.

Convertido en un Sansón, avanza hacia la mezquita de Qubbat As-Sajra, la Cúpula de la Roca. En sus manos, una quijada de burro refulge. Potaz tiembla ¡Benjamín! ¡Benjamín! ¡¿Qué te han hecho?! Otros jóvenes lo secundan. Arrean una vaca roja. Benjamín blande la quijada. De un solo golpe guillotina el pescuezo del animal. La sangre brota como una cascada. La corriente empuja a Benjamín y a los otros contra las paredes del santuario. El hercúleo guerrero enarbola de nuevo la quijada. Arremete contra las columnas de piedras de diferentes colores, destrozándolas. El templo se derrumba sobre ellos, aplastándolos. La cúpula dorada rueda. En cada rotación multiplica su tamaño, por diez, por cien, por mil. Pronto arrasa toda la ciudad de Jerusalem. Todo Oriente Medio. Desvasta la vieja Europa y no se detiene ante la costa este del norte del continente americano.

El alarido opaca el estrépito del tránsito. El de sombrero negro lo mira con desdén. Potaz se pone de pie, desconsolado. Con los puños cerrados acomete contra el hombre del sobretodo negro. El más corpulento de los caminantes, el parecido a Benjamín, corre tras él. Lo detiene con manos férreas, profesionales.

– ¡Devuélvanme a mi hijo! –se retuerce Potaz. El de barba objeta su impertinencia.

– ¡Apártese! ¡Somos gente piadosa!

domingo, 14 de marzo de 2010

Todo un líder

Aquiles Malfatti pasea su figura de más de un metro ochenta frente al espejo de cuerpo entero de su espaciosa oficina. Embelesado con sus ojos grises, con su cabellera tupida, lacia y entrecana, con su sonrisa torcida, farfulla: esta va a ser la más magistral de mis jugadas.


Aquiles ostenta el cargo de gerente general de una empresa de logística. Se caracteriza por su alta ejecutividad, velocidad de reflejos, audacia competitiva y por torturar psicológicamente a sus empleados. La firma en la que trabaja ha sufrido los embates de varias crisis. La situación de la compañía es crítica. Malfatti, considera que es el momento indicado para convocar una reunión de directorio. Frente a los adustos rostros de los accionistas, herederos en su mayoría de los fundadores del negocio, expone con franqueza la delicada coyuntura por la que atraviesa la organización. Los miembros del directorio no pueden ocultar la consternación que el hecho les produce. Aquiles, utilizando convincentes argumentos, logra que le aprueben deshacerse de la sociedad.

El gerente general vende la empresa a un grupo extranjero en tiempo record. Él, que ya ha sobrevivido a dos due dilligences de anteriores gestiones en otras empresas, logra quedar a mando de este nuevo interregno. Un funcionario del grupo adquirente, enviado desde la filial en Chile, pronto aprueba sus planes. Le firma un poder plenipotenciario y cruza la cordillera ese mismo día.

En sólo cuarenta y cinco días barre con el cien por ciento de los puestos de trabajo. En primer lugar descabeza la gerencia de compras, en su lugar coloca a un antiguo colega que realiza compras por cantidades colosales de materiales de construcción, de computadoras y periféricos de última generación y de nuevo mobiliario de diseño exclusivo, todo para renovar la empresa. En segundo lugar descabeza la gerencia de operaciones, él mismo vende las instalaciones y todos los camiones, semis y acoplados reemplazándolos por viejas unidades estropeadas. Por último despide a los administrativos que quedan y contrata un nuevo servicio de seguridad.

El día número cuarenta y seis al proveedor de computadoras le llega el primer cheque rechazado. Ese mismo Malfatti revende todas las nuevas adquisiciones realizadas por el nuevo gerente de compras a menos de la mitad de su valor y al contado. También llegan los primeros delegados sindicales y son expulsados por unos férreos guardias. El día número cuarenta y siete la playa de estacionamiento del establecimiento estalla, abarrotada de manifestantes reclamando por sus puestos de trabajo y un grupo de proveedores exigiendo los pagos incumplidos. Aquiles Malfatti se mira en el espejo, deteniéndose en sus ojos grises, en su cabellera tupida, lacia y entrecana, en su sonrisa torcida, farfulla: dicen que sos un hijo de puta, vas bien.

Cartas documentos, cédulas, oficios y demandas comienzan a llegar al domicilio de la empresa y también a su hogar. Malfatti, las ignora. Su esposa se enoja con él. La echa del hogar. Ella se lleva a los chicos. Él hace una fiesta en su lujoso departamento con su compinche, el nuevo gerente de compras, y cuatro modelos rutilantes. El funcionario chileno llega hecho una furia, él lo espera en el aeropuerto. Antes de llevarlo a la empresa lo invita a desayunar frente al río. Vierte una sustancia en su café. Lo conduce a un departamento privado y lo fotografía mientras una mulata le practica una fellatio y una rubia ruge con la vagina apoyada en su boca abierta. Envía la foto a la sede de Santiago. La quiebra se decreta en tiempo record, tal como lo planeó, en noventa días.

Aburrido, la depresión lo embarga y durante meses no sale de su departamento. Después de largas reflexiones decide acabar con su vida pero antes se propone dar a conocer sus motivos. La primer conferencia la brinda en la Universidad Popular de Belgrano, asisten poco más de veinte personas. A viva voz, apelando a todos los recursos dramáticos por él conocidos, denuncia los truculentos manejos de los directorios para con los recursos humanos. A la segunda conferencia, organizada en un centro cultural del barrio de Flores asisten cerca de un centenar de personas. La tercera se lleva a cabo en un teatro del barrio Monserrat, los asistentes ascienden a quinientos. Las conferencias son cada vez más exitosas y Aquiles se hace de un grupo de seguidores. En la última, organizada en la cancha de Atlanta, los invita a formar parte de un suicidio en masa en protesta por el mal trato al que han sido sometidos durante su vida laboral.

El evento se lleva a cabo en una isla del delta del Tigre. Ciento cincuenta seguidores cantan un himno parafraseando la canción Héroes de David Bowie, compuesto por el mismo Aquiles. Los acólitos beben el cóctel venenoso luego de un almuerzo frugal. Malfatti los observa. A los pocos minutos los cuerpos se retuercen sobre el césped bien cuidado Aquiles estalla de alegría. Está tan contento que decide no suicidarse. Arroja al río el contenido de su cáliz de plata. Un enjambre de helicópteros rodea la isla. Descienden casi al mismo tiempo. Enfermeros corren a socorrer a los yacentes. Un par de hombres con traje oscuro arrastran a Malfatti a una de las naves. Despegan en el acto. Viaja frente a un hombre de gruesos bigotes que sonríe.

– ¡Bienvenido! –le dice– ¡Vos sí que tenés futuro en la política!

lunes, 22 de febrero de 2010

H(ijo) P(ródigo)

Desde el balcón del piso noventa y tres Ernesto Che Domingo escucha la marea de lodo golpear las placas de contención que cubren los pisos inferiores clausurados. Los guiños del helicóptero pidiendo pista distrae su atención hasta ese momento fija en la costa de la ciudad estado vecina. La nave sobrevuela la terraza.


– Están llegando los cornúpetos –anuncia el asistente.

– Ya me visto… –entra a la habitación, el vidrio blindado se cierra tras él. Activa el espejo pared con sólo detenerse junto al vestidor. Se mira: la redondez exagerada de los ojos, la nariz diminuta y apenas respingada. Desliza la mirada por la figura andrógina reflejada, cautivado. Elige una camisa de seda salvaje y unos pantaloncitos de piel morena cultivada. Pasa a la sala principal. Los recién llegados lo esperan en la recepción de nácar. Cerrando los párpados y cabeceando suavemente le indica a su asistente que los haga pasar. Los asesores no se hacen desear.

– Mi esposa le envía este obsequio –se acerca uno tendiéndole una holocard. El candidato la enciende. Casi desnuda, meneándose al compás de unas tumbadoras lejanas, la mujer susurra elogios y buenos augurios, cierra la proyección con una invitación en la suite pasional del Neo Faena.

– Muy agradecido… Siéntense –los asesores se acomodan en unas butacas enanas tapizadas en piel de venado. El candidato se recuesta sobre un chaise longue– ¿Qué dicen las encuestas?

– El setenta por ciento del electorado lo prefiere –asegura el del holograma.

– Cifras semejantes manipulan los asesores de Eva Kristin.

– ¡Ese estudio es falso! No mide el impacto de su retorno, Ernesto Che Domingo. La promesa de restaurar el viejo país inflama a muchos –interviene el más canoso–. Su gira por las ciudades estado de la Puna, el Cuyo, los Valles Mediterráneos y la Patagonia ha despertado grandes expectativas.

– Eva Kristin nunca abandonó el domo de Barrio Parque… –denosta el tercer asesor.

– Sí. Y los habitantes de esas ciudades quedaron embobados con mi imagen, con mis alusiones… –el candidato ríe y su risa es un canto ya escuchado.



Eva Kristin arroja un frasco de Kenzo Nuit contra la pantalla. El holo de Ernesto Che Domingo estalla en esquirlas de cristal orgánico. El perfume provoca chispas en los biochips del computador.

– ¡Ese imbécil no puede arrebatarme mi cetro!

– Mi lady. Mantenga la calma. Podremos con él… –sosiega la secretaria personal de la Máxima Protectora.

– ¡¿Cómo?! Está cautivando a todos esos mamertos de pija fláccida ¡Y ni hablar de sus pobres y famélicas hembras! ¡Quiero saber quién permitió esa proyección! ¡Que vengan los censores!

– Mi Dama. Fue una transmisión pirata que interrumpió la programación.

– Entonces que vengan los firewalls soldiers, ¿cómo pudieron?... o tenemos infiltrados…

– ¡Eva! –chilla la secretaria señalando el gabinete del computador. Por encima de la torreta de carbono se forma una imagen. Ernesto Che Domingo les guiña un ojo.

– Hola, mis chichis…

– ¡¿Cómo te atrevés?!

– Señora, no pierda los estribos... quisiera una charla a solas –mandataria y secretaria intercambian miradas. Eva Kristin asiente. La secretaria se retira, custodiada por las pupilas de su patrona. La puerta se cierra herméticamente.

– ¿Qué querés?

– Eva, no podés seguir así, tu deterioro es evidente.

– ¡No quiero seguir escuchando!

–  Eva... todavía estás a tiempo. Una temporada en una clínica regeneradora… renovación absoluta, integral, de cada molécula que conforma cada célula de tu bello ser.

– Y dejarte a vos el poder…

– Para volver… más tarde… como mi esposa.

– Querido, eso no está bien visto.

– Lo aceptarán. Serías una nueva persona, una diosa. A la chusma la convencemos fácil ¿Qué decís?

– Me encantaría, pero…

– Iniciaríamos una dinastía eterna. Renovándonos uno y otro, para siempre.

– ¡Hijo…!

– ¡Madre…!