viernes, 17 de julio de 2009

El onironauta de Villa Urquiza

Los hechos ocurrieron en la legendaria Reyna del Plata, algunos años después de la época de las calles cortadas. Entre los deambulatorios motorizados de ojos inyectados y los boyantes boquiabiertos de brazos colgantes, el ensoñador de Villa Urquiza, una tarde invernal, atisbó que entre la rotura de los mundos, aún quedaba un puente en pie. Con una determinación insólita en un onironauta, decidió encontrar el emplazamiento del enlace entre los cosmos. Universos que se habían escindido poco tiempo atrás, aunque muchos creyesen que siempre habían estado separados, olvidando la precaria unidad que duró siglos, milenios.
El modesto ensoñador ejercitó su cuerpo durante semanas. Aguzó su mente dispersa. Adquirió viejas habilidades, entrenándose con el último capacitador pragmático. Se alimentó mascando las duras semillas del yuyo de la discordia, flores de cardo y brotes de las especies nuevas que crecían en los baldíos cada vez más extensos de la ciudad semisumergida.
Una mañana en que el sol resplandecía en los charcos frecuentes, el ensoñador rumbeó hacia el este, a bordo del herrumbrado monociclo. Un deambulatorio motorizado, comandando un poderoso Scania, arremetió contra él. El claxon bramante delató la funesta intensión. Con un leve movimiento de caderas, el ensoñador, logró esquivar la embestida. Unos boyantes salpicaron sangre y saliva al ser arrollados por la mole. La ochava que recibió al bólido no pudo resistir el impacto y se derrumbó sobre el tractor, otorgándole profana sepultura. El sueñero no dejó de pedalear hasta llegar a las barrancas de la nueva ribera. Decenas de deambulatorios hacían rugir los motores quemando las últimas gotas de combustible fósil alrededor del pabellón de las orquestas, frente a las torres derruidas. Las escenas ensoñadas lo llevaban más allá de ellos. Una multitud de boyantes se debatían entre avanzar hacia las aguas o retroceder a las calles, embadurnándose en los lamparones lodosos. Se empujaban unos a otros, sin deseos de dañarse, impelidos por una fuerza ajena.
El onironauta avanzó por la franja de terreno libre entre los grupos, con los brazos en alto. Algunos boyantes, los más despiertos, alcanzaron a fijar su efímera atención en él. Del otro lado, los más furiosos entre los furiosos, posaron sus miradas inyectadas sobre la figura delgada del monociclo.
– Yo iré de avanzada –exclamó, comprendiendo que todos estaban ahí porque habían percibido algo, y arrancó raudo hacia su destino. Los rayos de la única rueda se tornaron invisibles. El ceño del más espabilado de los boyantes se frunció por un instante. El gruñido del más rabioso de los deambulatorios quedó apagado por el rugido metálico del tornado siete bancadas. Las ruedas traseras chirriaron echando humo, quemando caucho para luego salir disparadas, empujando la esbelta carrocería del Super Sport, dejando dos negras estelas sobre el pavimento agrietado.
El ensoñador zigzagueó sintiendo la cercanía del predador motorizado. Saltó por una de las barrancas. El coche brincó tras él. La explosión hizo perder el equilibrio al monociclista. Cayó y rodó sobre el barro. Las llamas abrasaban la carrocería sobre el cuerpo maltrecho de la estatua de la Libertad. Dolorido, dispuesto a culminar la misión, el sueñero se incorporó. La rueda de su transporte estaba arruinada. Continuó a pie. Por horas chapoteó, hundiéndose hasta la mitad de las espinillas en las aguas aleonadas. Hasta que por fin divisó el puente. Brillaba reflejando los rayos declinantes. Cauto se acercó al pedestal bañado por las aguas que sostenía el dispositivo metálico, en forma de flor. Apoyando su espalda contra el pilar se durmió. Ensoñó, buscando establecer contacto.
Caminando sobre una explanada elevada a decenas de metros sobre un mar embravecido el onironauta se encontró con la mujer de los ojos glaucos. Todo en ella le hizo creer que lo estaba esperando. Se le acercó.
– Aquí estoy, señora –ella lo ignoró. La mujer se deslizó hasta el borde de la plataforma. La siguió. Las pupilas de ella recorrían la espuma del oleaje.
– De nada sirve que hayas venido –dijo de pronto, con voz prístina.
– ¿Por qué me llamaste, entonces?
– Nadie te llamó.
– ¡¿Qué sentido tienen los mensajes?!
– Ninguno. Son disparates.
– Pero... deben tener algún fin...
– Mantenerlos más y más alejados. Pero eso ya no importa... –de una cadena pendía una flor de plata. La desabrochó de la cadena con parsimonia– Adiós –dijo y la arrojó al mar.
El onironauta despertó estremecido. Los pétalos enormes se desplomaban a su alrededor hundiéndose para siempre en el cieno.

3 comentarios:

Bruno R.Ramos dijo...

Muy bueno su blog. Se interessas una publicación, estoy ese e-mail: brunoteenager@gmail.com.Estoy haciendo una nueva antologia en cooperación con otros escritores.
Abrazos
Bruno Resende Ramos
Projeto de Inclusão Literária
http://www.novacoletanea.blogspot.com

Lidia dijo...

Se puede saber qué tener contra Villa Urquiza, barrio de mis amores... vos? para escribir una cosa tan enrrebezada que un vecino de Colodrero y Roosevelt no entendería?

Paula Irupé Salmoiraghi dijo...

Decididamente, el onironauta es mi preferido entre tus personajes.
Terminé de leer Impureza de Cohen, creo que reconocerías allí algunas cosas tipo "inframundos" y "boyantes" y músicos lava cerebros.