viernes, 24 de febrero de 2017

El cuento de la Post Verdad

No hay post verdad, hay un nuevo término para una de las más antiguas y eficaces herramientas de la manipulación: la falsificación de los hechos.
Hoy más que nunca se vive la ficción de la participación en la vida política. Las redes sociales son grandes vehículos de esa ficción. De hecho el origen del término se atribuye a un bloguero, David Roberts, quien usó el neologismo en el 2010 en una columna de la revista electrónica Grist, publicada en la web en formato PDF, definiéndolo como “una cultura política en la que la política (la opinión pública y la narrativa de los medios de comunicación) se han desconectado casi absolutamente de la política pública (la sustancia de lo que se legisla).
Desde hace varios años que vivimos nuestra vida política más que nada regidos por discursos que apelan principalmente a las emociones pormenorizando los hechos y la cuantificación de sus impactos, sin importar de qué sector político provengan esos discursos. Este tipo de filiaciones que provocan “batallas” en las redes sociales como Twitter y Facebook no hacen más que dividir a la sociedad que más que implicarse en discusiones y chicanas debería encontrar espacios de auténtica reflexión (no necesariamente de debate) para consensuar acciones que mejoren la convivencia, incluyan sectores postergados  y contribuyan a un crecimiento y evolución de la misma. Para que esto sea posible es necesario ser racionales y tender al mayor grado de objetividad posible, no importa en qué sector de la vasta y compleja sociedad actual nos desempeñemos.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Crónica de Otra Buenos Aires

El quilombo

La invité a seguir por esa calle, seguro de que nos llevaba al río. O el río se alejó, o la calle se desvió, nunca llegamos a la orilla. Nos internamos en un páramo, intimidados por la noche. Caminamos hasta el resplandor que emergía más allá, a decenas de metros, en la negrura. La boca de un túnel, cerrada por un portón metálico, nos aguardaba silente. Nos acercamos, meditando cada paso. Nos alcanzó el fragor de la actividad interior. Se abrió el portón, decenas de trabajadores salieron, ignorándonos. Altos, ceñudos, marchaban en uniforme desorden. No respondían nuestras preguntas. Subimos a una camioneta con ellos. En minutos estuvimos en la encrucijada de las calles céntricas donde habíamos comenzado el paseo. Bajamos de la camioneta con los trabajadores.  Amanecía.
—¿En dónde trabajan? —pregunté. Uno señaló los galpones. Inmensos tras la niebla, muchas tuberías y chimeneas. Eso no estaba ahí en la noche. Un policía reparó en nuestra extrañeza. Se nos acercó. Huimos a la carrera. Todo era y no era en esta Buenos Aires.
Llegamos a una escuela. La directora  controlaba el ingreso del alumnado. Entramos.
—¿A qué vienen? —nos interrogó.
—Hay quejas de algunos padres —se me ocurrió responder.
—Síganme.
Atravesamos un patio largo como un pasillo, unos chicos y chicas jugaban al futbol. Les arrebaté la pelota y me abalancé sobre ellos como cuando jugaba al rugby, desparramé chicos y chicas hasta llegar al final del patio, seguido por mi novia. Triunfal y a las carcajadas miré hacia atrás. La directora nos miraba con el rostro desencajado. Pateé la pelota bien alto y saltamos una tapia.
—El quilombo. Eso es lo que nos gusta —dije al caer. Mi novia no estuvo de acuerdo  Quedamos del lado de la calle, frente a un edificio vidriado. Nos arrimamos. Haciendo viseras con las manos espiamos adentro. En unos escritorios de vidrio, apoltronados en unos butacones de cuero de respaldo alto que remataban en volutas cornudas, unos señores muy bien vestidos, muy concentrados, armaban torres y castillos de naipes.  Uno ya estaba terminado su tarea. Se puso de pie, en sus labios comenzó a dibujar una sonrisa. Con movimientos veloces y una risa loca, deshizo su castillo. Los naipes volaron por el aire y él se arrellano muerto de risa en su butacón. Otro estaba por terminar con el suyo, concentrado. Cerca de él, un colega que estaba a mitad de su construcción, lo miraba. Cuando vio que estaba por colocar el último naipe, saltó como una fiera y derrumbó el castillo. Las risas parecían oírse hasta en la calle. Un efectivo de seguridad salió del edificio y nos chistó. Nos alejamos, rumbo a la avenida. Nos llegó el estrépito de unos petardos, bombos y trompetas. Unas columnas avanzaban con estandartes. Algunos con pecheras verdes, otras naranjas, otras con inscripciones, siglas estrafalarias. En las esquinas unos asadores ofrecían choripanes y patys. Algunos de los que marchaban bailaban, otros reían, otros cantaban
Olee, oleeee, oleeee, oleeeeeeeeeeee
Oleeeeeeeeeeeeeee, oleeeeeeeeeeeeee
—¿Ves? Nos encanta quilombo.

La voz

Unos furgones multicolores se desplegaron a un flanco de los marchantes. Levantaron unas antenas satelitales sobre los techos. De las compuertas laterales salieron unas personas, algunos con traje y corbata, otras con tailleurs entallados, todos seguidos por camarógrafos en camiseta y chaleco. Los manifestantes se agolparon frente a las cámaras. El frenesí aumentó. Unos manifestantes que no bailaban ni cantaban se abrieron paso, cerca de los furgones de los canales de televisión se ensamblaron formando un escenario. Al instante, un grupo de personas ocupó el tablado. Un canoso y corpulento, con varios kilos del mejor bife de chorizo asimilado, empuñó el altavoz:
¡Compañeeerooooooos!
La multitud rugió. Miré a mi novia.
–Si van a empezar con los discursos, mejor rajemos.
Nos sumamos a una columna de personas que esquivaban el acto, indiferentes. El estruendo de la manifestación nos acompañó por unas decenas de metros. Mi novia miró el reloj.
–Llego tarde al trabajo, bichito –me enchufó un piquito y se escabulló por una boca de subte.
Caminé entre los indiferentes. Algunos en corrillos decían: a este país le falta… Otros farfullaban: a este país le sobra…
Una voz en lo alto tronó: No saben lo que hacen…
Miré para todos lados. Nadie pareció escucharla. Miré al cielo. Una marcha de nubes rumbo al río remedaba la terrestre. Pero la mañana estaba por terminar y yo aún no había ido a trabajar. Corrí.
–Ya es tarde –tronó la voz en lo alto. Volví a levantar la mirada. No vi a nadie pero en mis oídos se deslizó el recitado:
Queja veloz,
reclamo instantáneo.
Falseando tempestades
Y huracanes
Cuando los vientos soplan,
Arrastrando despojos
Que se arremolinan
En rincones
Aparentando legitimidades,
Sustancialidad y honra.
En el ocaso de la razón,
En el colmo de la arbitrariedad,
Animan la danza enloquecida
Al son de los tambores
Que resisten
El albor de la individualidad.
Devoradores de imaginación,
Abrumando los sentidos
Ávidos de más percepción,
De ampliar la realidad
Desatinada y liberada
De los límites del tonal.

Cayendo al vacío atiborrado

Luego del recitado se hizo el silencio. El mutismo absoluto. El vacío acaparando el sentido auditivo. Mareado miré alrededor, ya no existía el entorno. No flotaba, caía. Me tapé la boca con las dos manos con la intención de impedir que se me salga todo por ahí.
Una risotada. Una de las mías, la borracha.
Reíte vos, reprendió otro sector de la mente.
Al descenso le siguió un planeo por sobre una superficie gris con relieves.
Un sonido grave reinauguró la audición, la vibración afinó en primer lugar al bajo vientre. Aumentó hasta devenir en explosión, entre dolorosa y placentera. Rayos cálidos iluminaron la superficie gris y la tiñeron. El relieve sobre el que planeaba cobró cierto significado: un desfile de formas. Entreveía símbolos y palabras, hasta nunca pronunciadas, se agolpaban en mi mente. El aura de una luz roja emergía en el horizonte reciente. La corriente me llevó hasta la luz que incrementaba su fulgor. Cinco construcciones se levantaban por sobre el relieve caprichoso.
Una columna enorme, más alta que toda construcción humana conocida, se levantaba en el centro, remataba en un domo. A su lado se alzaban dos torres de las que sobresalían dos torretas acabadas también cada una en una cúpula. Entre estas y la gran columna se levantaban otras dos columnas más con un domo en su cúspide cada una. El vuelo se detuvo ante las construcciones. El conjunto conformaba algo parecido a una gran cruz. La luz emanaba del líquido que caía de los domos y cúpulas, Un líquido rojo y espeso. Sangre.
Sangre que inundaba las formaciones del relieve y penetraba en la tierra gris y yerma.
Este es el espíritu –se alzó de nuevo la voz –. El espíritu de Gaia, que cobra más y más conciencia de sí misma y de su individualidad.
Volví a caer. El lodo sanguinolento me recibió y me tapó sofocándome.
Desperté sacudido por mi novia.
–¿Qué soñabas? Estabas gimiendo…
Desayunamos en un bar y me fui al trabajo, caminé aturdido hasta la boca del subte. Otra vez no andaba.
Un día más en Buenos Aires.

martes, 6 de mayo de 2014

PERCANTA QUE ME AMURASTE

—¿De qué se ríe, tordo? —le pregunté, a un costado ya había tres botellas de cabernet sauvignon vacías sobre la mesa, el reloj con el escudo de Boca marcaba las trece y siete.
—Lo que acabás de contar de esa mina, me hace acordar a otra historia —me contestó el abogado—. Hablando de minas y de minas que son unas buenas hijas de puta, te voy a informar que las hay de dos clases: las locas de la cabeza y las locas de la concha. Eso es así como que yo soy el Alfredo, como que lo que hay en el vaso es vino y como que lo que hay en la panera es pan. Las minas están cada vez peor, cada día más locas. Y para ser más claro te voy a contar una historia y te aclaro que lo que te voy a contar no lo leí en Radiolandia 2000, ni lo vi en la tele en un programa de chismes… lo viví, seguí el caso de cerca, y si no me crees… ¡es tu problema! —el viejo ya se estaba enervando, sus mejillas y su papada de hipopótamo estaban virando al púrpura.
—Tranquilo, tordo. Cuente que me interesa.
—Va, pero ante el hecho evidente de que no queda más vino tinto, te voy a pedir que muevas el culito y traigas de la heladera una damajuana.
Fui a la cocina, sobre una hornalla al fuego mínimo humeaba una olla enorme. El  aroma que al inflamado abogado le parecía el summun delikatessen, a mí me apestaba a pastiche podrido. Saqué la damajuana de la heladera. Estaba abierta y sólo quedaba la mitad. Volví al estudio. El doctor extendió su vaso y lo llené.
—Esta historia que te voy a contar es real. Es real porque pasó. Así de simple. Es la historia de un pajarito y de una hija de mil puta, una de las más malas hijas de la más mala madre que hay, pero hay que reconocer, muy astuta. Estoy hablando de La Gordi. Ese es su nombre de batalla. No te voy a decir su nombre real porque ella todavía anda por ahí, enganchando giles ¿Y quién soy yo para avivarte a vos? La Gordi es una mina diligente, no me preguntes que quiero decir con diligente, pero digamos que es una mina diligente y que le gusta mucho la guita, es capaz de hacer cualquier cosa por guita. Claro que esta mina no puede hacer la calle, ¿quién va a pagar por un polvo con La Gordi? No obstante se las arregla muy bien, siempre tiene a más de un punto alrededor suyo y no hubo uno que le pudiese sacar un mango. Esta mina anda en cosas raras –hizo una pausa y se me quedó mirando, pestañando muchas veces, otorgando un toque de mayor picardía a sus acuosos ojitos verdes, casi ocultos tras unas enormes bolsas. 
—¿Qué tipo de cosas raras?  
—La mina trafica, gil. Vende frula y, según algunos conocedores, de la buena. Los clientes la llaman a un teléfono celular y ella va a entregar a donde le digan. Tiene una cartera de clientes, digamos, selecta y no vende minucias, maneja un volumen interesante. Una mañana recibe un llamado de uno de sus clientes, un punto muy piripipí, que trabajaba, bueno ¡trabajaba!, el punto era el cafiolo de unos gatos de la zona de Recoleta, y le pide una cantidad importante de merca con urgencia. Ella todavía no se había ido a dormir, pero como ya dije, es una mina diligente, así que agarró la cantidad solicitada, la metió en una cartera y salió a hacer su entrega. Te aclaro que La Gordi se viste de un modo muy peculiar, sea verano o invierno usa unas blusas o camisolas de seda muy coloridas y con el escote muy pronunciado, le gusta mostrar sus voluminosas tetas. Sabe que con eso distrae a la gilada. En las patas usa solamente medias, no se pone polleras ni pantalones, también colorinche. Si hace frío se pone un saco o un tapado sobre ese atuendo. Pero siempre se viste así. Tiene la colección de blusas, camisolas y medias, más grande y estrambótica del país.
—Es una gorda sarpada.
—No te quepa la menor duda. Es toda una hija de puta. Una mina que se merece que le peguen una patada en la... bueno como te decía agarró la cartera y se fue para Recoleta y es aquí donde entra en acción el pajarito, que más que pajarito es un perejil, la figura misma del otario. Imaginátelo, enclenque, pelo largo enrulado peinado para atrás, anteojos de armazón plástico grueso colorados, vestido con un saco que le queda grande y encima creyéndose listo, creyéndose un ganador. Lo voy a bautizar El Bobi, por llamarlo de alguna manera dentro de esta historia que te cuento, que por otro lado insisto en que es real, ¡lo juro porque te caigas muerto de cáncer ahora mismo!
—Dele , tordo, siga…
—¡Ah! ¡Picaste, gilum! ¡Te interesó la historia! ¡Si querés que siga contando, canalla, no me hagas pasar sed! ¡Dame más vino que se terminó! —le llené de nuevo el vaso— Escuchá bien, porque creo que te estoy desasnando. Tengo la sensación de que vos todavía sos un chichipío que tiene muchas cosas que aprender y que todavía hay cosas o actitudes de las personas que te sorprenden o que te indignan. Yo, en cambio, ya perdí toda capacidad de asombro. Estamos en una época en que no se respeta nada, una época en la que todos los códigos han sido violados, sino mirá como se comportan ahora los chorros, te matan por unas chirolas. Bueno como te decía El Bobi se cree muy listo y, por alguna razón de índole hormonal, decidió que esa mañana de primavera era una buena mañana para levantarse minas por Recoleta ¡Qué gil!




A esta hora están todas volviendo de los gimnasios con la ropita bien ajustadas, ¡potras divinas!, piensa El Bobi. A través de sus anteojos de miope divisa a una beldad que se acerca trotando. Se le interpone en su camino
—¿Solita, bebé? ¿No querés que corramos juntos?
—¡Correte, idiota!
—¡Uy, Dios, qué loca que está esta mina! Brrrr —tiembla. ¿Y esa otra? ¡Qué ojos que tiene la elfa de mis sueños de plenilunio! La mujer, vestida con un trajecito sastre color trigo, hojea una revista de negocios frente a un kiosco. El Bobi se le acerca. 
—Hola, bombóm ¿Charlamos de business en el café?
—¡Qué desubicado! ¡Andate o llamo a un policía!
—Chau, hermosa, te amo.
A los personajes de Buenos Aires, reza el cartel sobre la fachada de La Biela, La Gordi , apostada en la puerta del bar, inspecciona las inmediaciones. Localiza a su cliente sentado en un banco en el paseo que va a la parroquia de Nuestra Señora del Pilar. Él también la ve, se desmonta los clipper Ray Ban y con un movimiento de cabeza le indica que se acerque. La Gordi da un paso, mira hacia la otra esquina y se para en seco. Un auto con dos tipos adentro no le gusta. Mira a su cliente, el de los clipper Ray Ban  se acomoda y golpea el asiento invitándola. Ella niega con la cabeza, un movimiento suave. El comprador la llama . Ella atiende al instante.
—¿Qué te pasa mamita que no te acercás?
—Me estás entregando, hijo de puta.
—¿Estás paranoica? Yo creía que vos no tomabas... no seas loca, hay gente en La Biela que no quiero saludar.
—Bueno, bueno, ahí voy —contesta ella y corta. ¡Pero mirá a esa rellenita en la esquina!, se dice El Bobi con alegría. ¡Qué delanteras que tiene!
¿Me estás esperando? —la encara. La Gordi se sobresalta. Lo mira de arriba a abajo, luego sonríe.
—A vos te mandó mi ángel de la guarda —lo saluda casi cantando.
—¿Estás en problemas, gatito?
—Sí, pajarito —hace un pucherito.
—¿Qué te pasa? Yo te puedo ayudar.
—¡Ay, que divino! No es nada grave, mi vida. Es que acabo de torcerme el tobillo y me duele tanto que no puedo dar ni un paso más.
—Pero vamos a un lugar tranquilo que te hago unos masajes —se entusiasma El Bobi.
—Sí, sí, a donde vos quieras, pero antes me tenés que hacer un favor.
—Lo que quieras –responde El Bobi a punto de zambullirse entre sus pechos.
—Buenoooo —lo frena y saca el paquete de su cartera— Todavía me queda por hacer una pequeña tarea, después tengo todo el resto del día para vos, ¿sabés? Ahora prestá atención, ¿ves al señor que está sentado en aquel banco?
—¿Cuál? —pregunta El Bobi entornando los ojos.
—El que tiene los anteojos de sol con armazón dorado —indica ella y desliza en el bolsillo del saco el paquete con la cocaína. El Bobi la mira desconcertado— Soy cadeta de un laboratorio químico. Ese señor no me conoce y hay que entregarle la muestra que te dejé en el bolsillo. Vos dásela y decile que se lo mandan del laboratorio. 
—Yo se lo llevo, pero después nos vamos a tomar algo, ¿sí? No te vayas a ir.
—No, mi vida. Yo te espero acá, si no puedo caminar...
Desde el auto observan los movimientos. Otro, sentado junto a unas señoras que se asolean, vigila con atención al de los anteojos dorados. El Bobi se acerca al comprador con el paquete en las manos.
—Disculpe señor, buenos días. Me envían del laboratorio para entregarle una muestra… —el comprador se levanta como un rayo y le pega una patada en las costillas. Le saca el paquete de las manos y se lo vuelve a meter en un bolsillo del saco. Uno de los policías sale del auto dando a los gritos la voz de alto. El comprador sale corriendo hacia la parroquia. El policía del banco corre tras él. La Gordi se escabulle entre las mesas de la vereda. El toxi que dió la voz de alto desenfunda un .38 y corre hacia El Bobi. El chico se despabila y sale corriendo a toda velocidad rumbo a la avenida Libertador. El policía que quedó en el auto pone primera y arranca dejando la marca de las ruedas en el pavimento. Arremete tras el muchacho. En la entrada al estacionamiento subterráneo le cruza el coche. El Bobi vuela por encima del capot y cae rodando sobre el césped, se incorpora y sigue corriendo. El policía sube el auto pero no puede avanzar más que unos metros, está lleno de gente tomando sol. El otro, sin aliento, trota con el arma en la mano. Busca al muchacho. No lo ve. Suena el handy. El policía que estaba disimulado en el banco, le informa que perdió al comprador.
—Ese no nos importa. Es el cebo. ¿Dónde esta el otro? Cambio.
—Lo estoy viendo. Está entrando al cementerio. Cambio.
—Cubrí la puerta.
El Bobi corre por el pasillo central del cementerio hasta el monumento al General Pedro Aramburu, ahí gira hacia la izquierda y luego toma uno de los pasajes oblicuos. Lo recorre hasta que en una esquina, donde está el mausoleo de la familia Roca, encuentra un lugar para vigilar y esconderse, un enclave que tiene salida hacia tres pasillos.
Los policías se encuentran en la entrada del camposanto. Se colocan la placa en un lugar visible y entran armas en mano. Se dividen, uno queda en la puerta, vigilando, los otros dos van por caminos diferentes. El Bobi tiembla, acurrucado contra la esquina de la tumba, mira para todos lados. Un toxi pasa por el pasaje frente al mausoleo Roca. El Bobi se aleja pegado a la pared del panteón después corre en silencio para el otro lado por un pasaje oblicuo. Se oculta en la puerta de  un mausoleo chico. Ve pasar al otro, al final de ese pasaje, suspira, levanta la vista, por una avenida hay panteón muy grande, separado de los demás, una enredadera se eleva a sus costados creando una frondosa vegetación en la cúspide de la bóveda. Decide correr hasta ahí, treparse por la planta y saltar a la calle. Corre a máxima velocidad y gana una rama gruesa de un salto. Trepa como un mono hasta que escucha el grito. 
—¡No te muevas! —vocifera el oficial a cargo apuntándole con el .38. El otro sonríe, también apuntándole con una 9 mm.— ¿Bajas?, o te tumbamos de un hondazo, pajarito.



—¡No puedo creer que haya alguien tan gil! —dije cuando el tordo terminó de contar la historia.
—¿Estás dudando de mi palabra?
—Me cuesta creer que aún quede alguien tan inocente como ese chico. Es más, no sé si alguna vez vivió una persona tan incauta.
—No me equivoco cuando digo que a vos todavía te falta mucha suela que gastar. La historia todavía no terminó. Como te dije antes, las minas pueden ser locas del mate o locas de la concha. A veces es difícil discernir cuál de las dos locuras las aqueja. Por algún motivo que desconocemos, La Gordi no dejó las cosas ahí nomás. Tal vez porque nunca antes fue tan deseada, tal vez porque en el fondo El Bobi sea un ganador, ella movió sus contactos. La evidencia, o sea el paquete con la droga, se perdió en la comisaría, y el pibe salió libre en unas pocas horas sin necesidad de realizar demasiados trámites. Lo cierto es que ni en las actas de la seccional ni en ningún archivo policial existe mención a ese disparatado operativo.
—Tordo, yo creo que usted es un gran fabulador y en el fondo, un romántico.
—Y yo creo que vos sos un pajarito.




Esa fue la última vez que lo vi al tordo. Murió una semana más tarde de un paro cardíaco. Muchos fueron al velorio, había gente de toda clase y condición: jueces, abogados, bribones, empresarios, sindicalistas, cantantes de tango y artistas plásticos. Antes de que cierren el cajón entró una pareja, ella estaba vestida con una camisola violeta y verde que le llegaba a la mitad de los muslos, sus piernas cubiertas por unas medias amarillas eran macizas y regordetas, él, de estatura mediana, desgarbado, con el cabello largo peinado para atrás, portaba sobre su nariz ligeramente aguileña unos anteojos de armazón plástico colorados. Se acercaron al cajón. Ella besó la frente del cadáver, él le apretó las manos, luego se fueron tristes, abrazados.

sábado, 3 de mayo de 2014

La templanza cotidiana

Golpetea la fórmica gastada del mostrador. Uno de sus pies también golpetea la baldosa. No hay ritmo. Recursos humanos dice en el cartel de acrílico en forma de carpa. Un empleado somnoliento se le acerca. Deja el certificado abajo de los dedos inquietos.
—¿Y de la nueva sucursal que se sabe? —detiene la percusión.
—Tenés que preguntarle a Magunza.
                Magunza, Magunza, protesta una de las incesantes voces internas, la cabrona, ¡¿dónde está el bendito Magunza?! Se acomoda el impermeable sobre el saco y sale de la oficina. Garúa, tristeza, que hasta el cielo se ha puesto a llorar, canta otra de sus voces internas, la comedida ¡Tristeza las pelotas!, la contradice la cabrona, ¡odio, bronca, destrucción, mutilación! Rayos rojos en el video interno
                Camina tres cuadras. El auto está atrapado entre un Falcon de los setentas y una 4x4 enorme ¡Estoy harto!, la cabrona. Sube al auto. Da contacto. La máquina tose pero no arranca ¡Auto de mieeeeerrrrda!, sigue cabrona. Vuelve a intentarlo. Le responde la tos. Sale  del auto. Levanta el capot. Revisa la batería. Verifica que las conexiones estén ajustadas. Están un tanto flojas. Constata en ese instante que los bornes están sulfatados. Unas gotas se cuelan por el cuello de la camisa ocasionándole un escalofrío ¡Ay!, que chucho, relaja comedida. Limpia los bornes lo mejor que puede con un trapo ajado, calzoncillo roto olvidado en una tobera. Ajusta los extremos de los cables a los polos de la batería y se sube al auto. Gira la llave. El motor arranca. Suspira. En el auto de papá nos iremos a paseaaaaarrrr, canta comedida. Forcejea con el volante, haciéndolo girar hacia un lado. Pisa el embrague. El cambio no entra. ¡Ayyyyyy!, Magunza, cómo te patearía el culo, se expresa cabrona. El cambio entra. Retrocede. Gira el volante hacia el otro lado. Avanza. Vuelve a intentar colocar la marcha atrás. No entra. El motor se para. ¡Hijo de mil…! Hijo de mil…!, canturrea comedida aludiendo también a Magunza. ¡Infeliz!, acentúa cabrona. El motor enciende al primer intento. Coloca la marcha atrás. Retrocede unos pocos centímetros. Gira el volante una vez más. Adelanta apenas un palmo. Todavía no puede sacar el auto del encierro. Recula. Avanza una vez más. Cuando el auto ya está a punto de salir golpea la óptica con las aparatosas defensas metálicas del Falcon viejo, el vidrio se quiebra en tres partes ¡Lo voy a incendiar!, despotrica cabrona ¡Tendrían que mandarlos a todos a desguace!, culmina Malatesta en voz alta.
                El embotellamiento es de una densidad tal que avanza de a metros por hora. Peatones apurados, bajo paraguas maltrechos y con las solapas de sus abrigos levantadas, se interponen entre su auto y el de adelante ¡Por qué no cruzan por la esquina!, desbarra. La garúa se convierte en franca lluvia. La marcha lenta y engorrosa provoca calores en algunas zonas de la cavidad craneana de Malatesta. Los rayos rojos del video interno se convierten ráfagas que ascienden y se pierden en la nada oscura. Una parte su mente, la que a veces se expresa con la voz razonable controla que la temperatura no supere los grados celsius aconsejables. Arranca y frena, arranca y frena, arranca y frena hasta que entra a la avenida.
                En la arteria avanza con más soltura. Al rato nota que el auto tiende a irse hacia la derecha. Ignora el síntoma y sigue. Cuando lo agarre a ese sorete de Magunza le voy a recordar todo lo que hice por él en la zona sur… me lo debe todo… a mí… que gasté mis suelas por los peores lugares…, manifiesta cabrona ¡Pero qué le pasa a este cascajo!, interrumpe el hilo de los pensamientos el propio Malatesta. La tendencia del vehículo a desviarse a la derecha ya es exagerada. De un auto vecino le tocan varias veces bocina, él los mira con los ojos desencajados, el izquierdo algo desviado hacia un costado. ¡Estás en llanta!, le gritan. Corresponde con un movimiento de cabeza y se detiene al borde de la vereda. La lluvia arrecia. Sale del coche. La cubierta está totalmente desinflada. La ira invade no sólo ese espacio misterioso en el que el ego reina sino que avanza tomando la cavidad craneana entera. Las ráfagas giren en un torbellino alocado. Malatesta despotrica contra su dios, al que considera el creador de todo lo bueno, de todo lo malo, luego continúa con todas las formas de vida conocidas, no se detiene hasta alcanzar el universo entero, al menos ese espacio por él conocido.
                Abre el baúl, saca el gato, llave cruz y rueda de auxilio. Con un suspiro se pone manos a la obra. Cambia la rueda. El auxilio también está en llanta ¡POR QUÉ A MÍ!, es el significado de lo que para los transeúntes suena como un alarido. Empapado, humea. Sube al auto. Arranca. Acelera. Desde los otros autos lo miran. Él los ignora a todos. Encuentra una gomería. Entra al local. Un empleado vestido de un jean y un buzo, negros de mugre, sale a atenderlo. Sale del auto. El tajo en el zócalo es una risa socarrona. ¡Mierda!, grita cabrona.
—¿Cuánto sale una cubierta usada como ésta?
—Quinientos setenta —escupe el gomero. Malatesta revisa los bolsillos. Encuentra un billete de cien pesos, dos de diez y tres pesos en monedas ¿¡En qué se me fue la guita!?, cuestiona cabrona. 
¿Trabajás con tarjetas de crédito o débito? –el empleado niega sacudiendo la cabeza.
                Se sube al auto insultando. Marcha atrás sin mirar y retoma la avenida. Avanza a mayor velocidad. El neumático se va lacerando.. Pasa por el túnel y sale a la superficie aumentando la velocidad. Los peatones siguen la trayectoria del auto espantados. ¡Y todo por culpa de ese hijo de mil putas de Magunza!, grita cabrona. Pasa por delante de una seccional de la federal. Un patrullero sale tras él. Para. Baja como un rayo del auto. Los policías salen de la patrulla cautos.
¡Me quieren decir dónde hay una puta gomería! –brama. Los policías se miran entre sí.
A cinco cuadras doblando en la primera –informa uno. Malatesta sube al auto. Los policías se encogen de hombros y lo dejan ir.
                Un ovillo de hilos de caucho, cuerdas y metal era lo quedaba del neumático. La llanta: una escultura de forma ovoide.
¿Vende cubiertas usadas? –pregunta al empleado vestido con un uniforme azul, naranja y rojo.
No, señor, sólo vendemos cubiertas nuevas.
¿Cuánto está la más barata?
Setecientos treinta y cinco pesos.
¿Tarjetas de crédito?
Todas.
Andá poniendo una.
Va a necesitar una llanta nueva.
Usá la que está en el baúl.
                El empleado trabaja con diligencia. Malatesta enciende un cigarrillo. Bueno, problema resuelto –reaparece comedida. Fuma con lentitud. De todos modos, cuando encuentre a Magunza le voy a romper la cara, manifiesta cabrona.
Ya está, señor –informa el gomero En la oficina le cobran –camina hasta un cubo de vidrio. La caja es un cubo de vidrio más chico. El cajero le pide la tarjeta y un documento de identidad. Antes de pasar el plástico por el dispositivo observa la tarjeta.
Señor, creo que está vencida.
No puede ser. Pasala por uno de esos chirimbolos y va a ver que no tiene ningún problema –contesta. El muchacho desliza la tarjeta por la ranura, una, dos, tres y cuatro veces.
No autorizan la compra. Está vencida.
¡¿Qué decís?! –reacciona levantando la voz.
¿No tiene otra tarjeta? –pregunta el cajero en tono neutro. Las incesantes voces de Malatesta callan, un remolino sulfuroso las disuelve. La pupilas de sus ojos se dilatan y las ráfagas suben y bajan en una vibración endemoniada.
¡¿Por qué me está tomando?! –aúlla arrojando la colilla del cigarrillo encendida a la cara del muchacho. El chico se tapa la cara con las manos. Malatesta arranca el dispositivo lector de las tarjetas y lo arroja contra una de las paredes de vidrio. El artefacto rebota contra el cristal blindado y golpea al muchacho. El gomero corre a la oficina. Malatesta levanta el monitor de la computadora arrancándolo de sus conectores. El gomero lo abraza por atrás, intentando inmovilizarlo. Malatesta se sacude frenético. Gruñe como un animal salvaje. En uno de los corcoveos se saca de encima al gomero. Malatesta alza por sobre su cabeza el monitor y se lo arroja al que lo tenía agarrado. El muchacho esquiva el mamotreto. Lo último que ve Malatesta son las chispas del monitor al estallar. Dentro de su cerebro atribulado se desencadena otro tipo de reacción. Algo explota también en ese espacio interno y siente como un líquido escarlata irritante se derrama. No alcanza a gritar. Se ahoga. Un gusto amargo le tuerce el rostro. Cae boca abajo, aplastándose la nariz contra el piso.
                Emerge en una sala de Terapia Intensiva. Entreabre los ojos, deslumbrado por la luz de los tubos fluorescentes. Se acercan su esposa y sus hijos. Les tiende una mano. Atrás de ellos alcanza a distinguir a Magunza, su jefe. Levantando con sumo esfuerzo la cabeza le pregunta con un hilo de voz:
¿Por qué? –abre grande los ojos que delatan resabios fulgurantes de ira ¿Por qué no me puso a mí al frente de la nueva sucursal? Magunza arquea las cejas, sacude la cabeza. Con una mano se alisa el canoso cabello lacio.

Para evitar que estalle.

viernes, 21 de febrero de 2014

ROCKERO CAGANDO Y THE DRILLER KILLER: LO PUNK

Creo que fue en 1984, tal vez 1985, un amigo de entonces, Luis Frangella, organizó en el CAYC (Centro de arte y comunicación) una muestra colectiva con artistas del East Village neoyorquino. En esa época el CAYC, conducido y creado por Jorge Glusberg, era uno de los pocos lugares donde se podía acceder a expresiones artísticas vanguardistas, novedosas y experimentales dentro de una arquitectura futurista y caprichosa. Conocí a Frangella en el Café Einstein, me impactó con una performance: pintaba una mina con las piernas abiertas, la concha abiertísima, debajo de la concha un plato, en el plato una cabeza, la de Juan el Bautista. De la concha salía sangre, mucha sangre, inundaba la cabeza de Juan. Después Luis se metía atrás del cuadro, lo rasgaba con una trincheta, aparecía por la concha. Después destrozaba todo. Hice un corto en súper 8 con esa performance. Unos años más tarde me robaron la cinta en el Medio Mundo Varieté, otro antro artístico de los ochentas. Frangella había abandonado Buenos Aires y su profesión de arquitecto, vivía en el East Village como artista plástico, convivía con la nueva generación de artistas, Baskiat y otros.
En esa muestra del CAYC  uno podía ver obras de esa gente. Un shock. Eso fue para mí. Había un cuadro: Rockero cagando, no recuerdo el artista. Un fondo rojo sangre, pinceladas gruesas, desparejas, del borde superior pendía un cable que se enroscaba en el cuello de un muchacho con corte punk vestido con traje negro, ajustado a pesar de la ultradelgadez, camisa blanca, corbata negra. De una de sus manos caía una guitarra eléctrica. Abajo de sus pies una silla volteada, el cabo de cable que colgaba del cuello del ahorcado  culminaba en una bombita rota. El tamaño del cuadro era como el de un afiche. Fui a ver ese cuadro una y otra vez. Me obsesioné. Decidí robarlo. Justo estaba en una esquina, en un ciego de las cámaras de seguridad. En mi obsesión planifiqué el robo al detalle: en la muestra regalaban unos afiches, yo tenía ya varios de esos posters, eran las cortinas de mi dormitorio, cortaría el cuadro, lo doblaría junto con un afiche y me lo llevaría. La tarde que fui con la trincheta en el bolsillo, el tipo de seguridad no dejó de seguirme en ningún momento. No me animé a robar el cuadro. Sólo me quedó la sensación: nunca había visto algo tan punk como esa pintura.
Días atrás di con Driller Killer, un largometraje de Abel Ferrara del año 1979. Clasificado de clase B y prohibido en Inglaterra en 1984, lo logró: es tan punk como Rockero cagando. Y me pegó igual. Hecho con un presupuesto muy bajo y protagonizado por el mismo Abel Ferrara con el alias de Jimmy Laine, han clasificado a Driller Killer de película de horror barato, del peor gore, de inclasificable pretenciosa y es para mí una auténtica pieza de cine de autor. Ya se perfilan muchas de las escenas con las que el bueno de Abel hará las de Caín en los futuros films, escenas de lesbianismo, iconografía católica, marginalidad urbana, desenfreno.
Cuenta la historia de Reno Miller, un joven artista plástico que convive con dos chicas, una de ellas su novia (Carol), la otra amante de su novia (Pamela). Está pintando un cuadro que cree que es su obra maestra, la que los va a salvar para siempre, pero no puede terminarlo. Deben el alquiler y no pueden pagar las cuentas. Reno no conoce a su padre y lo busca entre los homeless que abundaban en el New York de fines de los setentas. Pamela es fan de una banda punk, Tony Coca Cola & the roosters, y los trae a vivir al mismo edificio en que viven ellos. Ensayan día y noche, eso termina de enloquecer a Reno. Se compra un cinturón batería que ve en un llame ya y empieza a salir solo en las noches con su taladro.
El guión de Nicholas Saint John, con aires profundos y torturados, arranca con una situación incomprensible, presentándonos a Reno como una persona tensa e inestable en una iglesia, escapa de ahí junto con su novia y van a buscar a Pamela a un antro, las situaciones se suceden en aparente desconexión hasta que estamos inmersos en la cotidianeidad irregular de los protagonistas, el uso de la música y lo sangriento nos evoca a Darío Argento: Driller Killer tiene escenas únicas, como cuando Reno pinta el retrato de Tony Coca Cola, , vemos al artista en pleno proceso creativo, poniendo capas sobre capas de color

hasta finalizar con una obra original que capta la esencia del retratado mientras el modelo tiene sexo con Pamela. De clima agobiante constante, Abel resuelve la trama de un modo muy, muy inteligente.

miércoles, 15 de enero de 2014

CADENA

Me la habían mandado a guardar. El mismo garca que antes trabajaba en Supermercados Carlan, ahora laburaba en una nueva cadena del interior de la provincia de Córdoba. Me compró cinco máquinas de catorce lucas cada una. Las pagó con seis cheques, el primero entró bien, pero hubo que devolverle la mitad de la guita: su comisión. El segundo vino de culo. Lo estaba yendo a buscar.
Dejé a los chicos en el colegio a las ocho de la mañana y salí de raje a Don Torcuato, donde estaban las oficinas y planta acopiadora. Garuaba. Avanzaba por la avenida Galván hacia la General Paz, a treinta metros el semáforo cambió, sin pasar por amarillo, a rojo. Toqué apenas el freno. La poronga patinó directo hacia el único auto detenido. Saqué el pie del pedal, maniobré con  desesperación. El Renault 9 se ladeó para un lado y después para el otro. Con el guardabarro delantero izquierdo rompí todo el lateral derecho del otro auto, un taxi.
—¡No lo puedo creer! –me agarré la cabeza. Del taxi salieron disparados un hombre y una mujer. Ella empezó a golpear el vidrio de la ventanilla con el puño y gritaba.
— ¡¡¡BAJÁ, HIJO DE PUTA, BAJÁ!!! —en ese instante sentí una furia demencial y en ese estado la miré. Toda su jeta ocupaba mi espectro visual, noté el cambio de expresión. Retrocedió un par de pasos. Abrí la puerta y salté del auto. El hombre la tomó por los hombros, la tranquilizó. La reacción de él también fue como un bálsamo para mí.
—Hablemos con calma –dije–. Perdí el control del auto. Discúlpeme. – ella se largó a llorar.
—Recién lo sacábamos del taller –gimoteó.
—¿Del chapista?
—Nos había chocado un colectivo –aclaró el varón.
—Tengo seguro. La culpa es mía, la compañía les va a pagar el arreglo.
—¡Qué seguro ni que seguro! ¡Pagan cuando se les da la gana y siempre menos de lo que sale el arreglo! –chilló ella. Yo saqué mi porta documentos del bolsillo trasero del pantalón, lo abrí con parsimonia, separé la licencia de conductor y la tarjeta del seguro.
—Intercambiar nuestros datos y denunciar el accidente es todo lo que podemos hacer  –dije y miré la tarjeta del seguro. Estaba vencido, no tenía cobertura. No sé si ellos percibieron mi reacción, todos los pelos del cuerpo se me erizaron y desde las profundidades del estómago se elevó una ola de angustia –. Espere un momento que llamo a mi asesor de seguros a ver qué se puede hacer – les dije como buscando una solución. Había dejado el celular en el auto. Fui a buscarlo. No estaba. Putié. Me puse a buscarlo frenético. Se había caído debajo de una butaca. Llamé a mi asesor de seguros, la pareja me miraba. Me alejé unos pasos.
—Diego, habla Eugenio –me contestó medio dormido– Acabo de pegarme un tremendo virulo contra un taxi y me vengo a desayunar con que tengo el seguro vencido hace dos días ¿Qué hago? El que tiene la culpa soy yo.
—Arreglá para que hagan la denuncia pasado mañana. Ahora renuevo la póliza en la misma compañía. Después que hagan el reclamo y que le  cobren al seguro.
—Acaban de sacar el coche del taller de chapa y pintura ¡No sabés el drama que es esto! ¡Tenemos que arreglar el auto ya!
—¡¿Estás loco!?
—No, Diego. Esta gente no va a transar con lo de falsear la denuncia. La mina llora como si le hubieran raptado un hijo.
—¿Dónde estás?
—En Galván y Huidobro.
—Listo. Lleválos al taller de un amigo en Melián y Tamborini. Se llama Julián. Yo le aviso ahora por teléfono que vas vos con un tacho. Igual los dos van a tener que hacer la denuncia dentro de cuarenta y ocho horas. No te olvides de hacerles firmar un poder en el que les ceden los derechos de reclamar el siniestro a Julián. Yo después arreglo todo —corté y me acerqué a la pareja.
—Ya está todo encaminado. Vamos a un taller de chapa y pintura que trabaja con mi productor de seguros y ya se ponen a trabajar en el coche. Ustedes le firman un poder al dueño del taller y él se arregla con la compañía.
—¡Yo quiero que arreglen el auto en mi taller! —chilló de nuevo la mina.
—Cuchame… te voy a hacer muy franco, si no lo hacemos como te estoy proponiendo vas a tener que ir a juicio contra mí y no vas cobrar nunca más…
—¿Y el seguro? —preguntó el hombre.
—Se venció hace dos días. Estoy sin seguro —si estaban angustiados, pasaron a estar aterrorizados—. Yo no quiero arruinarles la vida. Esta es la mejor opción que tengo ¿Me siguen al taller?
—¡Las pelotas te seguimos! —rugió ella— Vos me pagás ahora o te rompo todo el auto a patadas.
Le creí. Tenía que resolver esto ahora.
—¿Cuánto sale el arreglo? —pregunté mirando las daños del taxi. Ella codeó a su compañero.
—Yyyyyyy…. No menos de diez lucas —calculó el tipo. Metí la mano en el bolsillo interior del saco.
—Este cheque es por once lucas seis cientos. Está al día. Se lo llevan y asunto terminado.
Se miraron.
—Es bueno, de una cadena de supermercados.

La mina me lo arrancó de las manos. Lo inspeccionó con avidez. Se lo metió en el bolsillo, se subieron al tacho y rajaron. Me apoyé en el guardabarro abollado. Saqué los otros tres cheques ¿A quién embocárselos? Total, del laburo, ya estaba podrido.

domingo, 20 de octubre de 2013

Carlos Retamozo: Flashes del pensamiento secuencial

Dos obras de Carlos ilustran las tapas de los dos nuevos libros de Editorial Wu Wei: Gerardo y Mercedes de Ricardo Strafacce y Macadam de Roni Bandini.
Conocí la obra de Retamozo por sugerencia de Mirlo Rockett. Mirlo la califica de radioactiva. Lo es… y más. Ni bien la vi supe que alguna iba a ser tapa de libro de Wu Wei.
Nos juntamos con Carlos en su casa taller. Las obras descomunales impactan más en vivo que en su versión electrónica. Cada una es una escena, cada una narra una historia, no sólo por la disposición de los personajes y de los objetos en el cuadro sino también por la forma en que utiliza el color: estalla.
Asomarse a la mente de Carlos es cómo asomarse al cráter de un volcán en actividad: lava incandescente que estalla aquí y allá. Cada estallido es un plano de una secuencia.
Ya no le hace falta pintar como en los fines de los ochenta y comienzos de los noventa donde en un cuadro una escena barrial es un paneo detallista en el que se conjuga la luz del mediodía, media tarde y atardecer a medida que el paneo se despliega de abajo hacia arriba. Hoy sintetiza. El dice que ya no está para pintar cómo antes, que no tiene la paciencia, para mí alcanzó un nuevo estado perceptual, sintetizó las líneas e hizo estallar la luz y el color.

La obra de Carlos Retamozo traza la peripecia de un urbícola que deambula por las calles como si fueran pasillos de un laberinto en el que a cada vuelta de esquina se enfrenta a estímulos y desafíos cada vez más feroces, implacables y despiadados.